Una pequeña carta de amor a los microbuses que están a punto de irse

Ahora que los microbuses están a punto de marcharse de la ciudad, quisimos hacerles un pequeño homenaje por todos esos viajes que hicimos con ellos.

Aunque hay quienes los consideran una plaga, los llamados microbuses grises —los más viejitos— son uno de los grandes motores de la ciudad. No falta quien asegure que entorpecen el tránsito, que su aspecto antiguo y desgastado le resta belleza a las calles del Centro o que su existencia contamina más de lo que ayuda. Pero esas personas olvidan que, de hecho, su llegada fue sinónimo de progreso e incluso, aunque ahora no tenga mucho sentido, eran una de las alternativas más ecológicas para moverse por la ciudad.

Así llegaron los microbuses

A principios de los ochenta, la ciudad estaba repleta de autobuses y combis —también conocidas como peseras, porque cobraban de a peso el viaje. El problema es que, debido a que sólo podían transportar de 6 a 7 personas, el número de combis en las calles era excesivo y los autobuses, por su parte, eran demasiado grandes para transitar en muchas calles de la ciudad. La solución llegó alrededor 1987 en forma de camioncitos a los que cariñosamente llamaron “microbuses”. 

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El éxito de estos autobuses pequeñitos fue que, pese a su tamaño, podían llevar hasta 20 pasajeros. Una vez que las autoridades relajaron las medidas para regularlos y como su éxito estaba ligado a su eficacia, pronto comenzaron a mover hasta el doble de su capacidad y con ello nacieron las frases “Súbale, todavía hay lugares”, “Recorranse para adentro” y “Hagan doble fila, todavía caben”. 

Con la euforia por brindar el mejor servicio y con ello tener mejor paga, nacieron las carreritas en donde el premio para los choferes somos los pasajeros. En estos casos, dependiendo de la situación, uno se molesta porque teme por su vida o se alegra porque ya va tarde a algún lado y, si su unidad es la buena, ya logró acortar el tiempo. 

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Adiós a los microbuses

Como decía Monsiváis, los capitalinos somos criaturas de la obediencia al semáforo, pero gracias a los microbuses aprendimos a quitarnos este yugo. Porque si en nuestra zoología urbana hay una especie que le huye a los tiempos suspendidos, esa es la de los microbuseros que, ya arriba de sus unidades, parecen fusionarse con la máquina para convertirse en la misma persona.

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Lamentablemente, ahora todo parece indicar que para quienes ya no hay lugar ni aunque se recorran es para los microbuses mismos. Esos camioncitos verdes que incluso se convirtieron en una parte importante de la gráfica popular capitalina están a punto de despedirse de las calles para darle paso a unidades más modernas. Al igual que los cocodrilos, los delfines y las vitrinas, los microbuses pronto serán otro recuerdo de nuestras calles. Los vamos a extrañar.

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