Sobre el barrio bravo de la Candelaria de los Patos, marginado y resiliente

Aunque su historia es trágica, el barrio de la Candelaria de los Patos ha logrado levantarse y superar la mala fama que todos le adjudican.

Al igual que Tepito, el barrio la Candelaria de los Patos, a un lado de La Merced, es considerado por muchos uno de los más bravos de la ciudad, pero allí está la iglesia que el 2 de febrero celebra con tamales y atole a la virgen de la Candelaria. Aunque no mucha gente se para allí. Su marginalidad, de hecho, ha sido casi una maldición, pues cuando se trazaron los primeros mapas de la Ciudad de México no incluyeron a la zona de la Candelaria; pensaron que nadie sería capaz de sobrevivir en terreno tan pantanoso e insalubre.

Desde La Colonia hubo por supuesto muchísimos que sí pudieron sobrevivir los pantanos y no sólo eso, sino que aprovecharon ese “olvido” para establecerse allí. Llegaron sobre todo personas de escasos recursos, prófugos y delincuentes. En 1869, Ignacio Manuel Altamirano escribió que el barrio de la Candelaria de los Patos “no está alumbrado ni siquiera con los pálidos rayos de la esperanza”, aunque su gente dice lo contrario. 

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©Héctor García

Antes de llamarse así, la Candelaria se llamaba Macuitlapilco, y las mujeres que vivían allí subsistían de la venta de patos migratorios que sus maridos cazaban durante el día. Todos los días a las 7:00 de la noche se reunían en algún punto para ir juntas hacia el Centro y vender su mercancía. Cuando terminaban, también regresaban en grupo a sus hogares para defenderse de los asaltantes que acechaban los caminos. Hubo un momento en que casi toda la carne de pato que se consumía en la ciudad venía de los estanques de Macuitlapilco, por eso la zona recibió el mote de “de los patos”. 

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Así lucía el terreno que hoy ocupa la calle San Ciprian.

El nombre Candelaria surgió a principios del siglo XVII con la construcción de una pequeña capilla de indios dedicada a Nuestra Señora de la Candelaria. Los vecinos construyeron sus casas alrededor de la iglesia y poco a poco aparecieron vecindades. Aún con esto, los problemas de inseguridad y de salud no cedieron. Según el fotógrafo Héctor García, la esperanza de vida en la Candelaria en los años cuarenta no rebasaba los 25 años. Si alguien no moría de una enfermedad seguramente lo mataban de una cuchillada.

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Foto: ©Iglesias y conventos coloniales de México
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Desde su construcción, la capilla de Nuestra Señora de la Candelaria ha cambiado muy poco.

Para 1963 la mala fama de la Candelaria de los Patos había llegado a todas partes. Nadie de otra colonia, ni siquiera la policía, se paraba en la zona después de las 7:00 de la noche. Por ello el entonces Jefe del Departamento del Distrito Federal, Ernesto P. Uruchurtu, decidió cerrar todas las pulquerías por ser “nidos de asaltantes” y luego demoler las vecindades para darle paso a extensos jardines y edificios en condominio. Todo eso pasó.

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Héctor García probablemente tomó esta foto durante el periodo de reconstrucción del barrio.

Después de destruir las vecindades, Uruchurtu dijo que los vecinos sin antecedentes penales serían reubicados en San Juan de Aragón. Lo cierto es que la mayoría de los habitantes estaban relacionados directa o indirectamente con algún delito, así que hubo muy pocos que llegaron a Aragón. El resto se fue a zonas también marginadas como Tacuba, Atzacapotzalco, Villa de Guadalupe y Tlalpan. 

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Vecinos del barrio de la Candelaria. Foto: ©Héctor García

A la fecha, la reputación de la Candelaria de los Patos no ha cambiado mucho. Incluso el Día de la Candelaria la mayoría de los devotos prefieren ir a Coyoacán, donde hay otra Iglesia de la Candelaria, porque el barrio junto a la Merced es bravo. Lo cierto es que, como todos los barrios de esta ciudad, la Candelaria está llena de vida y energía, y vale la pena conocerla. Si van tomen las precauciones obvias y entren a la iglesia, que es hermosa.

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