Fotos: Rodrigo Marmolejo

Yoga Fire: rapero de Ecatepec y devoto de los buenos cotos

Cuando empezó a hacer batallas de freestyle, alguien le dijo que se parecía a Dhalsim, el indio pelón del videojuego de Street Fighter que lanzaba fuego por la boca al gritar “Yoga fire!”.

Autor: Alejandra González Romo | Fecha 13 marzo, 2018

“No es nada nuevo pa’ mí, así como se mueve el país,
que me quieran poner a adorar al nuevo del free.
Prefiero mil veces un par de chicas
dispuestas a todo por el iPhone, si
una en la escuela, la otra no sale del gym,
una tejiendo mis dreads, la otra chupándome el dick,
es así como en el Lobo de Wall Street,
ma’ flow sick necesita penicillin.
Yo sólo vine por el cakey,
perdón si por ahí llevé a tu lady y le hice un baby.”

— “Higher level”, 2016

Yoga Fire y Alex Malverde llegaron tarde a esta entrevista porque, entre otras cosas, pasaron a comprarle un traje de Batman a Flex, el gato que vive en el estudio de Homegrown Entertainment. Con este sello, que fundó Malverde para apoyar la escena del rap en México, está La Banda Bastön, Mike Díaz, Serko Fu, The Night Diggers, Simpson A Huevo y el Alemán, además de Yoga Fire, entre algunos otros.

“No le quedó el outfit, vamos a tener que cambiarlo por uno más grande”, dice Yoga, cuyo nombre verdadero es Hugo Canchola. Él nació en Villas de Ecatepec, a 10 minutos de la cabecera de este municipio, San Cristóbal. Escuchaba rap desde niño, a pesar de que no entendía inglés, pero piensa que hubiera pasado de largo por el género si no fuera por la moda de los raperos. En 1993 vio el video de “Hip Hop Horray”, de Naughty by Nature, en MTV, y lo que lo atrapó fueron los tenis, las gorras, las sudaderas, las trencitas y los cortes de pelo. La primera vez que rapeó algo que había escrito él mismo tenía 17 años. “Acababan de matar al hermano de mi amiga Betsabé y yo quería hablar en contra de la violencia en las calles”, cuenta mientras se toma una cerveza. En esos años era un buen basquetbolista, armador de la selección del Estado de México. Se hizo trenzas porque quería ser como Alan Iverson y todo iba muy bien, “hasta que empecé a fumar mota”, recuerda. Dejó el básquet por otras aficiones: “No sé, güey, la rumba.” El rap se había convertido en el gran distractor que ocupaba su tiempo.

yoga fire

Cuando empezó a hacer batallas de freestyle, alguien le dijo que se parecía a Dhalsim, el indio pelón del videojuego de Street Fighter que lanzaba fuego por la boca al gritar “Yoga fire!”. Desde entonces, aquel grito se convirtió en su alter ego. Él describe el proceso como la creación de un monstruo que cobra vida sobre el escenario y escupe fuego en forma de rap. “Definitivamente me transformo. Tocar en vivo es lo mejor que hay. Está empatado con el sexo”, afirma.

yoga fire

Su madre siempre lo tachó de vago, pero su padre lo entendía mejor porque, en sus palabras, “tiene buen swag” y “un clóset chingón”. En sus años más difíciles tuvo un par de novias que lo apoyaron mucho en su proyecto musical. “Una se fumó este rollo 12 años, pero nunca llegó una buena noticia, ni la disquera, ni el Grammy. Lo que sí llegó fue el momento donde dijo ‘Se acabó, chavo’.”

 A los 28 años estaba pasando por un muy mal momento y se llenó de tatuajes para no sentirse viejo. “Estaba valiendo ultramadres. Era vividor, delincuente, mala persona; estaba fracasando y en el rap nadie me entendía”, recuerda. En 2014 fue al Festival Ceremonia a ver a A$AP Ferg, el rapero de Harlem. Estaba ahí, apachurrado como todos los demás, luchando por acercarse lo más posible al escenario. En algún punto de su presentación, Ferg gritó “How many MC out there?” y, cuando menos lo pensó, Yoga Fire, que había llegado ahí como cualquier fan, ya estaba sobre el escenario rapeando junto a él, quien de inmediato se dio cuenta de que su invitado sabía lo que hacía. El dueto se prolongó más de lo planeado y llegó a YouTube. Esa noche le cambió la vida al rapero de Ecatepec.

yoga fire

En 2016 lanzó Ciudad del diablo, un disco que es para él un diploma de supervivencia del barrio donde creció. “No hago apología de la violencia. Es una crónica, una forma de denuncia y relato de pertenencia”, señala. Pero ésos son temas que ya no quiere volver a tocar, porque entre los que se dedican a esto hay un dicho: “Aguas con lo que rapeas”. Dicen que Canserbero, un rapero de Venezuela, predijo su propia muerte. Tenía una canción en la que hablaba de matar a un amigo que lo había traicionado, para después encontrárselo en el infierno. En 2015, el joven de 26 años mató a puñaladas a un “camarada” antes de lanzarse por la ventana de un décimo piso en un edificio en Maracay. “Es como un mantra. Estás escribiendo algo que vas a repetir muchas veces y que van a cantar contigo miles de personas. Imagínate la energía que eso genera y lo que atrae”, dice Yoga.

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Para producir más y mejores letras, este rapero, que alguna vez escribió los horóscopos para el periódico El Gráfico, procura recurrir a los expertos. Le gusta la poesía y leer a Baudelaire, a la generación beat y a Umberto Eco. La última vez que visitó a su padre le robó Ensayo sobre la lucidez, de José Saramago.

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