Llegó en cuarentena el paraíso patineto: así se usan ahora las calles vacías de Neza

Conocimos a Zoe, un patineto de 13 que vive en Neza, y nos cuenta cómo las calles semi-vacías son un paraíso para los trucos y para reapropiarse de la ciudad.

Los patinetos ven la ciudad de una forma distinta. La suya no es la ciudad construida para la “productividad” –las oficinas, los bancos, los accesos peatonales y las residencias–; es la que está más allá de la ley, libre de sedentarismo y llena de placeres. Es la ciudad vibrante con distintas posibilidades de movilidad. Para ellos esta situación de la pandemia, que ha dejado las calles semi vacías de coches y peatones, se convirtió en una oportunidad para reclamar las avenidas –como siempre lo han hecho– y convertirlas en un Coney Island callejero.

En Ciudad Neza la movilidad se ha adaptado rápidamente a las nuevas consignas del coronavirus. Por un lado, los bicitaxis han reemplazado a los peseros y combis, y, por el otro, los patinetos han tomado las calles.

Conocimos a Zoe, un skater de 13 años que está aprovechando la cuarententa para perfeccionar sus trucos en la tabla. Y aunque las calles de su colonia no son las mejores para hacerlo (muchas están rotas o llenas de baches), él y sus amigos se las ingenian para encontrar una banqueta, un desnivel o un espacio liso donde puedan practicar. Su perspectiva de las calles es privilegiada: donde uno sólo ve grietas y banquetas a medio pintar, ellos ven un reto y una posibilidad de divertirse.

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Zoe, 13 años, patina en Ciudad Neza

Durante la cuarentena Zoe tiene que equilibrar sus tiempos. Sólo le dedica un par de horas al día a patinar porque antes tiene que terminar la tarea de la escuela a distancia. Hay veces en los que trabaja dos días enteros para terminar sus tareas y después tener un día dedicado sólo a patinar con sus amigos. Cuando se juntan a patinar casi siempre van al estacionamiento de un centro comercial o al descuidado skatepark de la Avenida Plaza San Marcos. Usan las banquetas como obstáculos, se toman videos con el teléfono y luego luego los ven para analizar la audacia.  Allí se puede escuchar el sonido perfecto de un ollie flip mientras la tabla de madera hace contacto con el concreto. O el ritmo de un grind bien bajado.

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Por supuesto, como ocurre en todas partes, Zoe y sus amigos tienen que cuidarse de quienes se aprovechan de la soledad de las calles para asaltar a los transeúntes. Es un deporte de alto riesgo, no sólo por la inseguridad si no por el contagio posible que ahora existe entre ellos. Pero se cuidan. Usan tapabocas y tratan de no  acercarse a nadie.

Los patinetos viven como una colmena aparte, aislada y concentrada en su propio universo de trucos.

Sin saberlo, ellos siempre han estado en el avant garde de transformar la Ciudad de México (y cualquier ciudad del mundo) en un juego urbano que desafía la mercantilización del espacio público. Por más que haya skateparks para que el gobierno controle el espacio donde se mueven, las calles, banquetas, puentes, pasamanos o túneles son el verdadero parque de diversiones, y este es un síntoma necesario en todas las urbes.

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La reapropiación del espacio público con la pura finalidad del juego es una manera de inyectar valores como la libertad y la espontaneidad en el espacio construido. La arquitectura de una ciudad no sólo es para contener el orden y la productividad de los habitantes, es para usarla imaginativamente.

El incremento del skate callejero es uno los fenómenos más seductores de esta cuarentena de varios meses. Igual que Zoe y sus amigos en Neza, cientos de patinetos salen a apoderarse de las calles de la ciudad que hoy están más solas que de costumbre, y a hacer ciudad de la mejor manera que conocen, patinando.

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