La historia de las Torres de Mixcoac: pepita de oro de Zabludovsky, González de León y Goeritz <3

Cuando el paisaje urbano es desolador pensar en las Torres de Mixcoac es un respiro de equilibrio, el de lo funcional y lo estético de esos edificios bicolores, con jardines impecables y esculturas. En el temblor del 85, dicen, “ni se les fue la luz”.

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Las Torres de Mixcoac son algo más que supervivientes a 46 años de la caótica historia de nuestra querida ciudad, son la prueba de que el proyecto modernista de la década de los setenta tuvo sus pocos pero contundentes aciertos.

Después del terremoto del 85, la utopía de las unidades habitacionales perdió fuerza con la dolorosa evidencia que dejó el sismo: edificios enteros colapsados, inclinados o con grietas, y colonias –como la Juárez– en la que permanecieron en pie casas de los cuarenta, pero se cayeron edificios de tres décadas después. A los de la unidad habitacional de las Torres de Mixcoac ni se les fue la luz. No hubo teléfono un buen rato, eso sí, y algunas señoras se angustiaron ante la sospecha de fugas de gas, pero la revisión posterior concluyó que no había pasado nada.

En los terrenos en los que se elevan las Torres de Mixcoac, se edificó en el porfiriato un lugar conocido como El Palacio de la Locura: el manicomio “La Castañeda”. 61 mil 480 pacientes recorrieron sus pasillos en los 58 años que el hospital psiquiátrico se mantuvo en pie, pero la alta demanda de pacientes, junto a los cada vez más sabidos rumores de maltrato físico provocaron su cierre. El 27 de junio del 68 por órdenes de Gustavo Díaz Ordaz “La Castañeda” cerró sus puertas con una ceremonia en el patio central. El edificio fue demolido casi en su totalidad, salvo la fachada que compró un ingeniero –Arturo Quijano Arioja– y trasladó a su casa en Amecameca. En los terrenos del oscuro episodio de La Castañeda nació el sueño de la clase media mexicana de los setentas: comprar un buen departamento a un buen precio.

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El edificio del manicomio La Castañeda

Comenzó entonces el diseño de las Torres de Mixcoac, a cargo de los arquitectos brutalistas Abraham Zabludovsky y Teodoro González de León. En pro de la mayor eficiencia al menor costo, se construyeron dieciséis edificios de once pisos con 44 departamentos cada uno, cada departamento con tres recámaras, un cuarto de servicio, dos baños, una sala-comedor y un cajón de estacionamiento. A la nueva unidad habitacional llegaron las familias de a poquito, pero en flujo constante a partir del 72, para apropiarse de los jardines, las áreas de juego, las plazas armónicamente distribuidas y las esculturas.

Zabludovsky y González invitaron a Mathias Goeritz a intervenir la plaza, el resultado fue una celosía triple que da la impresión de estar construida de cubos y de ser una pirámide. El artista la concibió como una escultura participativa, dentro de la arquitectura emocional, pero no contaba con los niños que la comenzaron a utilizar para trepar, saltar, jugar y pasar goles. Desafortunadamente los habitantes ya no lo permiten, y la conservan orgullosos prácticamente intacta, como casi todo lo demás en Las Torres de Mixcoac, porque entrar es como echar a andar atrás el tiempo y respirar la sensación de la gente que vive muy a gusto, con la dosis indicada de historias sobre locos y gritos de esquizofrénicos que los veteranos de la unidad habitacional cuentan todavía, después de todo las Torres están construidas justo encima del pabellón psiquiátrico.

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Una ciudad tan grande como esta requiere sin duda proyectos de vivienda social, lo que en estos años parece traducirse en bloques de mini ciudades con edificios idénticos en lo que lo más verde que se puede encontrar es la pintura de las paredes. El paisaje urbano es incierto y poco alentador, por eso la mirada hacia las Torres de Mixcoac es la de un ansiado equilibrio entre lo funcional y lo estético, con sus edificios bicolores, sus jardines impecables y sus esculturas. Pensamos en los criterios que valoraban el aprovechamiento del espacio, tanto como el disfrute de las personas que lo habitan al entrar a este pequeño paraíso utópico, que apaga el sonido del periférico para remplazarlo con los pasos lentos de los que se mueven tranquilos.

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