Pequeño homenaje a lo más alto: la Torre Latinoamericana (y todos los lugares que fue)

Cuenta una leyenda que no hay temblor capaz de destruir (o si quiera dañar) a la Torre Latinoamericana. Este es un mínimo homenaje a su extravagancia y resiliencia.

Cuenta una leyenda que no hay temblor capaz de destruir (o si quiera dañar) a la Torre Latinoamericana. Estilizada, dueña de una estética entre futurista y anticuada, hogar de casi mil escalones repartidos en 44 pisos, esta edificación no sólo ha resistido los sismos más terribles ocurridos en la ciudad, también fue levantada sobre lo que alguna vez fue el deslumbrante zoológico de un emperador mexica.

La Latino, como la conocemos cariñosamente, es parte imprescindible de la silueta de nuestro paisaje: para muchos de nosotros es como si siempre hubiera estado ahí. Pero no es así. Esta torre, diseñada por el arquitecto mexicano Augusto H. Álvarez, tiene una larga historia de aciertos: fue, por ejemplo, el edificio más alto de la ciudad durante muchos años, uno de los primeros rascacielos construidos fuera de Estados Unidos, y, lo más sorprendente, el primero levantado en una zona sísmica.

Envuelto en un fachada de cristal y aluminio, este bicho raro de la arquitectura resulta aún más interesante si sabemos que hace cinco siglos fue nada menos que la sede de la Casa de los Animales del Emperador Moctezuma II, un majestuoso zoológico (uno de los primeros del planeta) con especies de todas las regiones del Imperio Mexica, además de un deslumbrante aviario. Al terminar la Conquista, ahí, en la concurrida esquina de Madero y el Eje Central (alguna vez la avenida San Juan de Letrán), se instaló el centro evangelizador más grande de la Nueva España: el gran Convento de la Orden Franciscana, desde donde se dirigieron las operaciones territoriales más relevantes de la Iglesia Católica.

La fuerza simbólica de este espacio sólo es comparable con la inverosímil historia sísmica de la Torre Latinoamericana, que fue abierta al público en 1956, pero cuya verdadera inauguración vino con el sismo de 1957, ese que tiró al mismísimo Ángel de la Independencia. En esa ocasión, la Latino se meneó graciosamente, pero nada más. Años después, durante el terremoto del 85 —en medio de nubes de polvo, escombros y tragedias— permaneció incólume, como lo hizo recientemente con el sismo del pasado 19 de septiembre.

Pocos saben que el piso 38 de la Latino alberga un estrafalario museo sobre sí misma: entre enormes maquetas, un extenso archivo de fotografías, planos arquitectónicos, esculturas y, sí, la cabeza de un jaguar (miembro distinguido del zoológico de Moctezuma), la colección cuenta la memorias rarísimas de este tótem de la Ciudad de México y celebra su historia, una que, estamos seguros, durará mucho tiempo más.