La Nápoles, su estilo californiano o sus balcones redondos; eso es vida

Entre el Viaducto y la avenida Insurgentes, la colonia Nápoles brilla por su arquitectura californiana o de mosaicos venecianos. Esta colonia ha pasado por múltiples cambios desde que fue planeada como una villa campestre; sin embargo, conserva la tranquilidad de la promesa familiar y esperanzadora.

La historia de la Nápoles se remonta a la década de 1850, cuando el antiguo Rancho de Nápoles fue fraccionado con la idea de crear un “pueblo modelo”, dirigido a quienes buscaban vivir cómodamente en las afueras de la capital. Las primeras calles llevaron nombres de ciudades y regiones de todo el mundo, desde Hungría y Luxemburgo hasta Formosa o Persia, además de la Avenida del Hipódromo, que corresponde a la actual Pennsylvania; esta nomenclatura se mantuvo hasta entrado el siglo XX, y fue reemplazada por una alusiva a los Estados Unidos.

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La colonia como hoy la conocemos se urbanizó en las décadas de 1930 y 1940, cuando estaba de moda el estilo colonial californiano en la arquitectura, con tejas y adornos de cantera en la fachada. Aunque muchas casas han desaparecido, otras se conservan en calles como Altadena o Louisiana, a veces ocupadas por oficinas o transformadas en bancos y restaurantes.

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Poco después, el auge del Movimiento Moderno trajo nuevas formas de habitar la Nápoles. Edificios de formas muy diversas, la mayoría de corte sencillo, con departamentos iluminados y balcones con vistas, y otros de rasgos más peculiares, como los de Arizona 35 y 39, que juegan con los materiales y las líneas en cada esquina. Un par de ejemplos interesantes son las casas de Dakota 267, obra de Vladimir Kaspé, y Miami 39, de Gregorio Beitman; ambas cuentan con espacios de doble altura, terrazas y jardines privados.

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También vale la pena visitar la parroquia de San Antonio de Padua, en Pennsylvania 228, que es parte de la misma corriente y fue concebida por Ramón de la Fuente y Daniel Sáinz en 1969. No es nada llamativa desde el exterior, pero dentro se extiende una amplia nave en forma de parábola, con vitrales de color ónix que aprovechan la luz natural y le dan una sensación de calidez.

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El centro de este cuadrante es la Alameda de Nápoles, que nació con el primer trazo del viejo pueblo en el siglo XIX, y hoy luce una fuente con un reloj que se ha convertido en el símbolo de la colonia, muy cerca de un pequeño foro donde se presentan distintos espectáculos. Es el lugar ideal para descansar un rato y tomar un café en alguno de los negocios que lo circundan; en 1951, este parque fue rebautizado para recordar al músico y compositor Alfonso Esparza Oteo, quien tuvo su residencia en la calle de Altadena.

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En los alrededores hay una gran variedad de opciones para comer, desde la tradicional nevería Chiandoni, un rincón del pasado en Pennsylvania 255, hasta la comida polaca de Mazurka, en Nueva York 150, pasando por tacos, pizzas, hamburguesas o sushi, sin que falte una sucursal de La Casa de Toño.

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El restaurante polaco Mazurka en la Nápoles lleva abierto desde 1978 y parece una escenografía casi embrujada, que da mucho placer.

En el límite oriente, junto a la avenida Insurgentes se levanta uno de los emblemas de nuestra urbe. Lo que hoy conocemos como el World Trade Center abrió sus puertas en 1994, pero su construcción data de los años sesenta, cuando nació el fallido proyecto del Hotel de México; por mucho tiempo sólo funcionaron el restaurante, donde se organizaban conciertos de rock, y el vestíbulo, que estaba decorado con el mural El mito del mañana, de Taro Okamoto, ahora exhibido en el Metro de Japón. El complejo incluyó la creación del Polyforum Siqueiros, cuya fachada presume una docena de paneles del célebre muralista, y en el interior alberga una de sus obras más importantes: La marcha de la humanidad.

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La construcción del Hotel de México en 1973. Este proyecto quedó inconcluso y por varios años únicamente funcionaron el lobby y los últimos pisos, como restaurante y discoteca. En los noventa fue remodelado y transformado en el World Trade Center. Imagen de la revista “Auge” vía Ciudad de México en el Tiempo.

Antiguamente, esta manzana estaba ocupada por el Parque de la Lama, cuya memoria fue retomada por Carlos Fuentes en un capítulo de la novela Los años con Laura Díaz. En él se relata el encuentro de una pareja en el vecino hotel L’Escargot de Filadelfia y Oklahoma; el edificio ya no existe, pero un sitio de taxis conserva su nombre frente al número 45 de Montana. Una mirada a este transitado rumbo mantiene vivas las palabras del narrador: “la extensión de las urbes modernas dificulta las relaciones amorosas”.

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