Tino el Pingüino: tu antihéroe favorito

“No tengo absolutamente nada que renegar de mi educación o de dónde vengo. Hubiera sido ridículo dejarme intimidar por eso”, dice en el restaurante del hotel Condesa DF, donde trabajó varios años como mesero. Él asegura que el rap lo ha hecho una persona más responsable.

“Si estás muy peda para manejar de vuelta,
puedes quedarte en mi casa.
Si estás drogada y no trajiste tu pijama,
igual te puedes encuerar.
Dile a tus profes que sin pedo
regresamos pa’l otro fin de semana
y encárgate de tus compas y tus jefes no se vayan a enterar.”
— “Testarudo y al rescate”, 2013

Tino el Pingüino titula sus discos y canciones con frases como “De vuelta al lodo”, “Volví a quedar mal”, “Ego, fui a comer, regreso pronto” y “Lo juro, mi ex novia era un X-Men”. Es popularmente conocido como el rapero más fresa de la ciudad. Vive en la Escandón, toma jugo verde, estudió la mitad de la primaria en París y un año de prepa en Alemania. Es fiel lector de Charles Bukowski y Guillermo Fadanelli, y nació con el nombre de Franco Genel.

tino el pingüino

Tino el Pingüino tiene un hermano mayor al que de niño le copiaba todo y la costumbre se extendió a la adolescencia. Si él se tatuaba, Franco también. Si andaba en patineta y se vestía como cholo, él también. Y cuando el mayor empezó a hacer rap, con el nombre de A.A.G.G Demente, Franco se contagió y escribió sus propias rimas. Empezó a rapear en 2005, de la mano del colectivo Sonido Líquido. Eran tiempos de MySpace y de repartir volantes en el Chopo para promover sus eventos, no había otros canales. Si tocaban cinco o 10 veces al año, eran muchas. Los héroes del momento para Franco eran los miembros del sello Definitive Jux, que incluía a Aesop Rock, El-P y RJD2, entre muchos otros proyectos.

tino el pingüino

Su nombre de guerra lo encontró en un casete de música infantil que escuchaban sus hermanas pequeñas. Había una canción que se llamaba “El viaje mágico de Little Twist Star”, una sobre Mariano, un zorro vegetariano, y otra sobre un tal Tino el Pingüino. Lo adoptó sin pensarlo demasiado.

Se salió de la prepa y trabajó como mesero varios años, pero nunca dejó el rap. Para él, Tino es un ejercicio de ficción que procura mantener cercano a sus preocupaciones reales. En sus presentaciones en vivo es un verdadero showman que domina cada esquina del escenario y las chicas lo siguen a todas partes. Ha escrito más de 150 canciones y sus letras no inventan vidas paralelas. Hablan de borracheras, fajes, tampones, las ex novias que lo mandaron a volar y la vida en la ciudad.

Video de Tino el Pingüino

Como rapero procura sonar distinto, lo logra y no le preocupa que le digan fresa. “No tengo absolutamente nada que renegar de mi educación o de dónde vengo. Hubiera sido ridículo dejarme intimidar por eso”, dice en el restaurante del hotel Condesa DF, donde trabajó varios años como mesero. Sus ex compañeros vienen cada pocos minutos a preguntarle cómo le ha ido. Él asegura que el rap lo ha hecho una persona más responsable.

Franco creció entre mujeres y procura tener cuidado con la forma en que habla de ellas en su música. Éste es un género en el que el machismo y la misoginia son tan comunes como la saliva en los micrófonos. “El tema de las mujeres y la violencia convergen en el rap de una forma bien delicada —asegura—. Yo procuro ser muy cuidadoso cuando escribo y pensar muy bien lo que voy a decir. En mis canciones hablo mucho de mujeres, pero en la mayoría las idolatro. Vas a encontrar pocos ejemplos de lo contrario.”

Le encanta ver cómo crece la escena citadina, pero le preocupan las fórmulas gastadas y la reproducción de estereotipos en el rap. “Si en tu video hay cinco tomas, ¿en las cinco tienes que salir fumando mota, carnal? —pregunta—. Creo que el problema es cuando empiezas a reproducir todos estos elementos como medios estéticos, o peor, como comodines de cualquier otra cosa que podría estar ahí.” A su parecer, aunque no se salva de ello, el error más grande es subestimar al público y venderle siempre la misma historia de fiesta, drogas y navajas, como si no hubiera más que contar. “Ése es un recurso que ya no sirve ni para espantar pendejos, y creo que la industria mexicana, al igual que la gringa, está atrapada en ese círculo de la chingada, que pinta a los raperos como güeyes con un IQ muy bajo y, si no queremos quedarnos en lo mediocre, hay que encontrar otras maneras.”