Para Ángela Leyva, la pintura no es un límite, sino un portal. Su obra, en la intersección entre lo pictórico y lo escultórico, habita un espacio de constante expansión: fragmentos en mutación, capas que revelan y ocultan, veladuras que contienen el tiempo en tránsito. Lejos de lo estático, su práctica desafía la relación entre la materialidad y la imagen contemporánea, dialogando con lo digital sin renunciar a la fisicalidad del pigmento. En este cruce de caminos, donde el azar y el control se disuelven, Leyva propone un arte que no solo representa, sino que transforma y deja vestigios de lo que aún no ha sucedido.

Tu obra habita un territorio entre lo pictórico y lo escultórico, como si la pintura se expandiera en el espacio. ¿En qué momento empezaste a pensar en el cuadro no como un límite, sino como una posibilidad de escape?

Desde el principio de mi práctica, la pintura ha sido para mí una forma de expansión, no un confinamiento. Lo entendí cuando dejé de ver el lienzo como un objeto estático, y lo vi como una plataforma para dar vida a lo intangible. Mi obra no solo busca representar, sino también trascender lo representado, y es en el momento en el que dejo que la pintura interactúe con el espacio que comienza a tomar forma como un lugar en constante metamorfosis. Así es como empecé a pensar en ella no como un límite, sino como una posibilidad de escape hacia algo más amplio, más orgánico y dinámico.

En tus piezas hay una sensación de fragmentación, de cuerpos o estructuras en proceso de cambio. ¿Te interesa más lo que una forma fue, lo que es en este instante o lo que podría llegar a ser?

Me interesa todo eso y, a la vez, ninguno de esos aspectos de manera aislada. Para mí, la fragmentación es una representación de lo que somos en constante transformación. En mis obras, el pasado, el presente y el futuro no son necesariamente lineales. En realidad, lo que intento transmitir es la idea de que la forma está en un constante devenir, no como un proceso rígido, sino como una posibilidad que se revela y se oculta en cada instante. La fragmentación es una forma de explorar esas transiciones, los momentos de cambio que no se ven pero que están ocurriendo constantemente, como una especie de borrado y reconstrucción a través del tiempo.

¿Cómo es tu relación con la improvisación en el proceso creativo?

Mi relación con la improvisación es fluida, pero no es pura casualidad ni caos sin control. Para mí, la improvisación es una forma de liberar lo controlado, de dejar que lo subconsciente fluya y encuentre su propio espacio en la obra. Es un momento en el que el orden se mezcla con el accidente, y lo que emerge no está completamente planificado. Sin embargo, esa “improvisación” está informada por una estructura interna que tiene que ver con la historia de la pintura, la memoria y la emoción, lo que hace que cada acto espontáneo en el lienzo sea una extensión de lo que ya está presente en mi pintura.

Si tuvieras que traducir tu lenguaje visual en sonido, ¿cómo crees que sonaría?

Creo que sonaría algo así como un susurro continuo entre lo disonante y lo armónico. Imaginemos un sonido suave, que crece en intensidad, pero que nunca llega a una resolución completa, siempre quedándose en esa tensión de lo incompleto. Sería como un loop hipnótico, pero con rupturas que permiten que algo más inesperado y sutil surja de vez en cuando, como una vibración emocional contenida. Algo que se siente pero que nunca puedes realmente atrapar del todo.

En tiempos donde todo se digitaliza y se reproduce en pantalla, sigues trabajando con la fisicalidad de los materiales. ¿Cómo dialoga tu obra con la inmaterialidad de la imagen contemporánea?

Mi obra, entre muchas otras cosas, busca ese contraste. La inmaterialidad de la imagen contemporánea, que se ve, se consume y se disuelve en un parpadeo, es algo que me interesa desde un lugar crítico. En un mundo saturado de pantallas e imágenes, mi trabajo retoma la fisicalidad de la pintura, de la veladura, de la capa de pigmento sobre el lienzo, no sólo como una respuesta a la virtualidad que todo lo consume, sino tambien como una propuesta a la oferta de objetos existente, siempre desde un espacio que interroga el tiempo en el transito como artista. A través de las veladuras y la densidad de los materiales, intento crear una tensión entre lo efímero y lo palpable, como una forma de proponer o aparecer la fragilidad de la existencia.

“Me interesa que el espectador no solo se enfrente a una obra, sino que también se vea desafiado por ella.”

¿Te interesa que tu obra se adapte a su entorno o que lo altere por completo?

Mi obra está en constante interacción con su entorno, pero no con la intención de adaptarse pasivamente, sino de transformarlo. Me interesa que el espectador no solo se enfrente a una obra, sino que también se vea desafiado por ella. Si un espacio puede modificar mi obra, me parece que es un espacio que está abierto al cambio y la interpretación, y eso es lo que busco: que cada obra altere la percepción del lugar en el que se encuentra y cuestione la relación entre el entorno, la obra y el espectador.

¿Qué referencias visuales o conceptuales te han marcado de forma inesperada?

Creo que las referencias inesperadas surgen del cruce de caminos. La influencia de los archivos clínicos de mi padre, las figuras de la ciencia y la filosofía, los mitos de Frankenstein y Moreau, han sido importantes, pero las verdaderas sorpresas han llegado de lo que no esperaba encontrar. Algunas veces, el azar, la interpretación personal de ciertas situaciones o incluso una conversación con unx amigx me han dejado algo que inmediatamente veo como una fuente visual poderosa. Las referencias no siempre provienen de una obra en particular, sino de cómo una puede ver el mundo al conectar esas pequeñas cosas dispersas.

¿Te interesa la idea de que tu obra pueda ser leída como un vestigio de algo que aún no ha sucedido?

Absolutamente me interesa la idea de vestigio, peor no como tal, me explico; Creo que el arte, en general, tiene esa capacidad de hacer lo intangible más tangible y de jugar con los tiempos. Mis obras no están solo retratando lo que fue, sino lo que podría ser, lo que no está presente, lo que está ausente pero es posible. Me encantaría que mi trabajo dejara o más bien mostrara una huella de lo que aún no se ha vivido, de lo que está por venir, pero que ya está latente en nuestra conciencia colectiva. Me encantaría ser anunciadora de vestigios de futuros posibles, pero tal vez sigo hablando desde el pasado, aún no se sabe.

Si la memoria es una construcción en constante reconfiguración, ¿cómo te gustaría que tu obra fuera recordada en el tiempo?

Me gustaría que mi obra fuera recordada como un espacio en el que se invita a la reflexión, como un espejo en el que cada espectadorx pueda verse y cuestionar su propia existencia. No busco una permanencia per se, sino que mi obra sea un disparador de pensamientos, de emociones, de cuestionamientos. Quiero que se recuerde como algo que con-movió, que tocó de alguna manera el alma de quien la experimentó. La memoria de una obra nunca es estática, pero sí deseo que deje una “marca” emocional que pueda reconfigurarse y reinterpretarse a lo largo del tiempo.