Uno no puede des-conocer a Víctor Umaña una vez que lo conoce

Formas de evasión, la nueva novela de Felipe Restrepo, es oscura, incómoda, magnífica… Una gran noticia para la literatura. Compartimos aquí un fragmento.

Mientras el protagonista Víctor Umaña busca huir (de un lugar, de sí mismo, de su historia), el lector busca a Victor Umaña; su fantasmagoria se convierte en poco menos que una obsesión. Y es que en la literatura, como en la vida, nadie sabe quién es “el otro”, pero su búsqueda justifica la existencia.

Formas de evasión, la primera novela de Felipe Restrepo Pombo, reconocido escritor y periodista, es un relato sobre las fuerzas ocultas que nos habitan, sobre los límites de la identidad y sobre la subjetividad de los recuerdos. El libro es una gran noticia para el universo de las letras, y lo celebramos aquí con un fragmento que ocurre en las mismas calles, los mismos vagones del metro, las mismas mareas humanas que sorteamos a diario los capitalinos.

formas de evasión
Felipe Restrepo. Foto por Ana Lorenzana para Gatopardo

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Aterricé en medio del colapso. Era un espectador del desastre en la ciudad y sólo tenía que enfocarme en las pistas de alguien que, estaba seguro, era también ajeno a lo que ocurría. El informe que me compartió Ponce no daba demasiados datos sobre la locación de Umaña: mencionó que podría vivir o trabajar cerca de la colonia Roma. Por eso me instalé en un modesto hotel de la zona. Era un edificio de los ochenta, inclinado hacia un lado —como, me daría cuenta, estaban casi todas las edificaciones allí—, con vista a la avenida Álvaro Obregón. Me dediqué a visitar el barrio y me pareció, enseguida, que era lógico suponer que Umaña se hubiera mudado ahí. Era la parte de la ciudad que más se asemejaba a las ciudades europeas en las que había vivido antes y una de las más afectadas en el terremoto que en septiembre de 1985 dejó en ruinas la ciudad. Después de toda la información que había logrado averiguar sobre él me lo podía imaginar, fácilmente, caminando por las avenidas que imitaban los bulevares parisinos y las mansiones porfirianas también levantadas como un homenaje a la arquitectura francesa. Lo podía ver en medio de las plazas y parques hundidos.

Transitaba esas calles simulando que ya las conocía. Trataba de ponerme en los zapatos de Umaña. Fantaseaba con los detalles que posiblemente había observado. Pensaba como él lo haría. Contemplaba el espacio con su mirada. Hablaba con las personas del barrio utilizando las palabras que, suponía, él habría utilizado. En eso se iba mi tiempo: interpretaba, imaginaba, suponía. Me entrenaba en el ejercicio —en el juego— de ser otro. Tenía en mi cuenta bancaria una cantidad de dinero que me permitía despreocuparme e incluso tener algunos lujos. Estaba seguro de que, en cualquier momento, me toparía con el camino hacia donde quería llegar. No me precipitaba: una extraña paz me recubría. Nunca imaginé que el encuentro ocurriera tan pronto. Un par de semanas después de mi desembarco, el Distrito Federal seguía colapsado. El candidato de la izquierda se había proclamado, él mismo, y en una plaza pública, presidente legítimo. A pesar de que su contendor estaba a punto de asumir el cargo, se negaba a aceptar los resultados. La ciudad continuaba sitiada por los manifestantes que se negaban a dejar las calles hasta que los resultados de las elecciones fueran revisados y los votos recontados. El tráfico, ya de por sí complicado en una de las capitales más grandes del planeta, era exasperante. Cualquier trayecto, por más corto que fuera, podía tomar varias horas. Decidí utilizar el metro todos los días. Era medianamente limpio, cómodo y, sin duda, bastante más rápido. Me subía en cualquier estación y hacía cambios aleatorios a medida que avanzaba el trayecto. No tenía un destino fijo, solamente iba haciendo trasbordos y estructurando un orden de viaje que me podía llevar adonde fuera. No seguía un plan: era una manera entretenida de ocupar una mañana entera o una tarde.

Esa tarde subí en la estación Sevilla de la línea uno. Como de costumbre, los vagones estaban llenos y era difícil transitar. A pesar de que en el exterior no hacía calor, dentro de las estaciones la temperatura aumentaba varios grados: el ambiente era pesado y sofocante. Entré a un vagón que me pareció menos concurrido que los demás. Traté de buscar un espacio amplio al fondo, alejado de los vendedores y no muy cerca de las salidas. Estar ahí me permitía respirar y tener una perspectiva clara de lo que ocurría en el tren.

El metro se detuvo en la estación Insurgentes, una de las más congestionadas, cerca de las seis de la tarde. Fue una espera de varios minutos por una falla técnica. El flujo de personas a esa hora era denso: los pasajeros entraban y salían por oleadas. Yo trataba de evitar al máximo el contacto. Y, de repente, en medio de esa marea humana, ahí estaba. Entró rápidamente antes de que se cerraran las puertas. Se recostó contra una de las esquinas al otro extremo del vagón. Llevaba una gabardina verde militar con el cuello levantado y un sombrero similar al que utilizan los pescadores aficionados; tal vez había dejado atrás sus jeans desgastados, su camisa de cuadros, su saco de dril y sus mocasines de cuero viejos. Apenas se podía ver una parte de su cara, que evidentemente intentaba ocultar. Su presencia me atrajo como un insecto cuando ve un bombillo encendido. No había nada de excepcional en él, y lo lógico es que no lo hubiera distinguido entre las miles de caras anodinas y fisionomías inocuas que florecían entre esa multitud. Pero ya para ese momento estaba claro que la lógica no era una variable por considerar en esta trama. Lo que en otro caso parecería una coincidencia asombrosa, una posibilidad matemáticamente imposible, era algo normal en este universo tan particular.

Para entonces ya había entendido que sumergirse en la existencia de Víctor Umaña implicaba olvidarse de las certezas y perder la capacidad de asombro.

Aparte de un par de fotos suyas y descripciones más o menos similares sobre su fisonomía, tenía escasas referencias visuales, pero eso no impidió que lo reconociera. Desde ese primer instante no me quedó duda de que era él: ni siquiera consideraba la posibilidad de que fuera un espejismo o un capricho mío. Efectivamente estaba mucho más delgado, hasta un punto casi enfermizo. Después de escudriñar hasta el cansancio en su historia personal, por fin lo tenía cerca: apenas a unos pocos metros de distancia.

Mi único entrenamiento como cazador venía de los mismos programas que todos han visto en National Geographic. Sabía que toma años aprender a acercarse a una fiera. Que un movimiento brusco puede hacerla huir o, peor, enfurecer y atacar. Comprendía que necesitaba ir despacio pero no dudar. Así que traté de imitar sus movimientos y me moví con agilidad entre vendedores de películas piratas, madres con sus hijos en brazos y oficinistas agotados.

Tras una espera de media hora, el tren seguía paralizado. La temperatura dentro del vagón aumentaba y la desesperación era latente. Algunos niños lloraban a lo lejos y otros pasajeros reclamaban en voz alta sin ninguna respuesta. Umaña, molesto, se abrió paso y se dirigió hacia las puertas. Automáticamente hice lo mismo. No quería que se diera cuenta de que lo estaba siguiendo, pero me preocupaba perderlo de vista. Si bien todo parecía estar jugando a mi favor, no quería abusar de las casualidades, y si lo dejaba ir las posibilidades de volver a encontrarlo eran mínimas. Así que lo seguía a una distancia prudente. Su impedimento para caminar me ayudaba en ese objetivo. Subió las escaleras con dificultad y salió en medio de la Glorieta de Insurgentes, una rotonda hundida en la confluencia de varias avenidas importantes. A esa hora la plaza estaba repleta. La explanada de la glorieta servía de punto de encuentro para todo tipo de grupos: punks, travestis, emos, drogadictos, patinadores y prostitutas, entre muchos otros. Cada grupo defendía su territorio y todos convivían en un espacio reducido, de pocos metros cuadrados. A pesar de que había poco margen para avanzar, Umaña atravesó con habilidad las pequeñas grietas que dejaba la muchedumbre. No se detuvo ni un segundo a observar a su alrededor. Apenas levantaba la cabeza para identificar la salida más cercana. Daba la impresión de ser una sombra, imperceptible para los demás: sólo yo parecía verlo.

Se enfiló rápidamente hacia uno de los túneles de salida de la plazoleta que desemboca en la avenida Insurgentes. El pasillo estrecho daba varios giros antes de llegar a la vía y Umaña estuvo a punto de dejar mi campo de visión. De nuevo en el exterior, avanzó por una acera atestada de pequeños negocios callejeros. Ahí se vendían relojes, plumas y bolsos falsificados, películas pornográficas, baratijas, ropa de segunda mano, antigüedades y una enorme variedad de comida. Cada uno de los puestos de comida expelía un olor penetrante y un vaho que daba la impresión de estar en un bosque de bruma. Empezaba a lloviznar y los clientes se apretaban al frente de los fogones.

El ruido era ensordecedor: se mezclaban los gritos de los vendedores, los susurros y las risas de quienes comían, el chispeo de la grasa en la que se freía la comida, el sonido de las gotas cayendo sobre los improvisados techos de tela o de plástico, la música distorsionada que emergía de unas bocinas de mala calidad y el murmullo incesante de los motores de los carros que transitaban quizás la avenida más grande de la ciudad. Por un momento recordé algunas escenas de películas de ciencia ficción: parecía estar en medio de una de ellas, en esas mismas calles pertenecientes a un futuro apocalíptico y desmedido.

A la altura de la calle Álvaro Obregón, Umaña giró a la derecha. La avenida, mucho menos congestionada, significaba un cambio de escenario. A pesar de que tenía muchos transeúntes se respiraba otro ambiente. Álvaro Obregón era atravesada por un enorme camellón arbolado, adornada con fuentes y estatuas de estilo francés. En cada esquina había viejas casonas porfirianas de varios pisos que ahora eran ocupadas por bares, panaderías o despachos de diseño. Era una de las arterias principales de la colonia Roma, y a esa hora, un poco después del atardecer, se vivía un ambiente efervescente.

Formas de evasion
Ilustración de cubierta para Formas de evasión ©Daniel Castrejón

El lenguaje corporal de Umaña cambió de un momento a otro: se relajó y bajó la velocidad de su marcha. Sacó las manos de los bolsillos de su gabardina y, por primera vez, levantó la cabeza. Detuvo su mirada frente a varias vitrinas y parecía disfrutar el paseo. En un momento paró en un puesto de revistas a comprar un diario. Un poco más adelante entró a una panadería, muy parisina, y compró una baguette. Siguió así algunos metros más hasta girar a la izquierda en la esquina de la calle Córdoba. Era una pequeña vía, bastante anodina, en la que convivían edificios de principios de siglo —derruidos— y algunas construcciones más recientes. Se detuvo, justamente, frente a una de ellas: un edificio de los años cincuenta, calculé en mi limitado conocimiento de la historia de la arquitectura, de seis pisos. En el primero funcionaba una cafetería desangelada y en el extremo derecho había una pequeña portería. La puerta de vidrio y marcos de metal no tenía más seguridad que una chapa vieja, que no parecía haber sido cambiada desde la construcción del edificio. Umaña giró la llave con parsimonia y entró. Observé la escena escondido detrás de un árbol. Después de unos minutos me acerqué con cautela e intenté mirar por la misma puerta de vidrio por la que Umaña acababa de entrar. Pero una pintura blanca, torpemente esparcida sobre el cristal, impedía ver hacia el interior. Apenas se insinuaban una recepción deshabitada y unas escaleras en forma de caracol, al fondo. Me quedé unos instantes frente a la puerta, tratando de ver algo más. Pero temí que Umaña regresara y me sorprendiera espiando. Me alejé con sigilo y me dirigí de regreso a mi hotel, que estaba a pocas cuadras.

El cerco se iba cerrando y mi búsqueda parecía estar entrando en un momento decisivo. Encontrar el lugar donde vivía Umaña era un avance gigantesco en el plan. No me podía quejar, además, de la manera como se estaban dando las cosas. Había llegado a una megalópolis con una misión delirante: encontrar una aguja en un pajar monumental. Y, en menos de un mes y sin esforzarme demasiado, lo había hallado. Por lo tanto mi ánimo era inmejorable: no tenía prisa, ni ansiedad, ni mal humor. Ya delimitaba la ubicación de mi presa; el resto era cuestión de tacto. Le comuniqué inmediatamente mis avances a Ponce, que se mostró bastante complacido. Le dije que tardaría en contactar a Umaña: antes tenía que espiarlo y descubrir sus rutinas.

No podía ser un seguimiento intenso: no se trataba de un novato. De hecho estábamos hablando de un especialista, un experto en técnicas de seguimiento y desaparición. La experiencia de Umaña en ese campo era intimidante: durante años se había formado y preparado para convertirse en un maestro. Yo, por otro lado, era apenas un aficionado en el oficio de seguir obsesivamente personas. Mi estrategia fue entonces dilatar mi persecución en el tiempo. Pasaría una vez a la semana frente a la que suponía era su casa, simulando ser un vecino. Y me mimetizaría con el entorno, me haría parte del paisaje cotidiano. Así esperaba no levantar ninguna sospecha: pero nada me garantizaba el éxito. Es más: era muy posible que el alto grado de paranoia de Umaña lo hiciera notar mis intenciones enseguida.

El resto del tiempo —el que no ocupaba en diseñar mi compleja estratagema— lo consumía en hacer poco. Con mi estado de ánimo eufórico me bastaba. La ciudad estaba ahora un poco más calmada. Por fin se acabó la protesta política que colapsaba las vías. La multitud se dispersó naturalmente y sin mayores consecuencias. Apenas quedaban algunos fanáticos que insistían en rebelarse: pero lo único que lograban eran bromas e insultos de los ciudadanos que estaban hartos de escucharlos. El Distrito Federal regresó entonces a su estado habitual: por momentos soportable, otras veces opresivo. El otoño inició con un clima magnífico: hacía un sol esplendoroso y las jacarandas florecían, pintando la ciudad de tonos púrpuras.

Una semana después de nuestro primer encuentro —era un martes, lo recuerdo bien— decidí regresar a la calle Córdoba. Escogí una hora poco congestionada, las once de la mañana, para la incursión. Llegué en poco tiempo y me dirigí de nuevo a la portería de Umaña. Como en la ocasión anterior, no pasaba mucho. Si bien era un barrio congestionado, ese edificio en particular parecía un poco abandonado. Recorrí con la mirada cada uno de los pisos, intentando percibir algún movimiento o una pista. Pero nada me llamó la atención. Me instalé en una de las mesas del café para hacer tiempo. Interrogué a los empleados del local sobre la actividad, pero fueron bastante parcos y no me dijeron mucho. Estuve ahí un par de horas simulando estudiar un mapa de la ciudad hasta que, por fin, se abrió la puerta del edificio.

No era él. Una vecina salía con sus dos hijos. Quise husmear un poco. Me abalancé sobre la puerta y aproveché el descuido de la mujer para entrar. Era un movimiento arriesgado, pero me la jugué. Decidí investigar el recibidor. Intenté revisar los buzones de la correspondencia. Pero aparte de recibos, cuentas y catálogos de instrumentos médicos, no encontré nada fuera de lo común. Subí las escaleras y me detuve en cada piso (sólo había un apartamento en cada uno). Me sentí ridículo: ¿debía tocar, o quizás agacharme y espiar por debajo? Llegué al tercer piso y, por alguna razón, intuí que esa era la casa de Umaña. Lo único que se me ocurrió, de nuevo, fue poner la oreja contra la puerta. Estuve parado ahí por casi diez minutos sin oír nada que me llamara en especial la atención. De repente, escuché algo: no podía definir qué era, pero sonaba como si estuvieran serruchando. El ruido continuó por un rato.

De pronto emergió un olor muy fuerte. Comenzó como algo desagradable y se transformó en un hedor. La oleada me obligó a retroceder. No entendía cómo las personas que estaban dentro podían seguir ahí.

La oleada continuó un poco más. Escuché algunos ruidos y me asusté. Bajé las escaleras corriendo y, por fortuna, la puerta de salida no estaba asegurada. Cuando regresé a mi hotel sentí que el olor había impregnado mi ropa. Me la quité, pero aún lo sentía pegado a mi piel. Tomé una larga ducha, sin ningún resultado. Al día siguiente me duché tres veces más y nada cambió. Me bañé muchas veces más con la misma intensidad, sin poder quitarme el asqueroso olor ni la certeza de que me acompañaría por mucho tiempo.

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Felipe Restrepo Pombo, Formas de Evasión, Biblioteca Breve Seix Barral, 2016.