Las piezas radiantes de Mathias Goeritz y Darío Escobar en Clásicos Mexicanos

Darío Escobar descubrió un dibujo atribuido a Mathias Goeritz en una tienda de antigüedades. A partir de ese encuentro creó todas las piezas de esta nueva exposición.

Todo empezó con un encuentro. El artista guatemalteco Darío Escobar dio con un dibujo enmarcado, atribuido a Mathias Goeritz, en una tienda de antigüedades. No estaba firmado, pero después de algunas pruebas con historiadores determinaron que era una obra del artista alemán. Escobar, sin embargo, estaba más interesado en el marco elaborado que lo rodeaba y que terminó inspirando El infierno es una verdad vista demasiado tarde, la nueva exposición en la galería Clásicos Mexicanos.

Darío Escobar

Labrado a mano en madera, el marco forma unas grecas que recuerdan al deambular de una serpiente. A partir de ese elemento Darío Escobar produjo las piezas para El infierno es una verdad vista demasiado tarde. La primera que uno ve al entrar a la galería es una gran serpiente negra e infinita: la reproducción de las grecas del marco a mayor escala y en cedro pintado de negro. La forma imita a una serpiente extendida que se dibuja no sólo en el material, sino en la sombra proyectada en la pared.

Darío Escobar tiene una relación fuerte con la obra de Goeritz. La simbología de la serpiente y utilizar la hoja de oro son sólo un par de ejemplos de las conversaciones que establece con el artista alemán. Quizá el diálogo más claro esté en los dos cuadros dorados y brillantes al fondo de la galería, una evocación a los Mensajes dorados de Goeritz, esa serie de piezas abstractas y radiantes.

Escobar cubrió también de hoja de oro algunas superficies: los cartones con los que viajan las botellas de agua a los almacenes. En su caso, el dorado revela cada una de las marcas del cartón, como un gran lienzo de cicatrices expuestas.

El infierno es una verdad vista demasiado tarde estará en Clásicos Mexicanos hasta el próximo año y recomendamos mucho visitarla. Sería difícil imaginar esta ciudad sin Goeritz, con sus sillas de curva perfecta en El Eco y su puerta pesada y fantástica. Verlo en conversación con la obra de un artista contemporáneo tiene todo el espíritu de un descubrimiento fresco.

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