Para inducir la calma: nuestro alucinante acuario urbano en Polanco

Dicen que mirar peces nadar tranquiliza la mente… Aquí viven 5 clases de tiburones de arrecife, una tortuga, un cocodrilo y corales, y también como 14 pingüinos de dos especies distintas.

El recorrido del Acuario Inbursa comienza 20 metros por debajo de la tierra, en el Oceanario. Allí uno se encuentra aparentemente en alguna parte más profunda del mar: se trata de una pecera inmensa de 800 mil litros de agua salada donde, entre cardúmenes de sardinas sin nombre, deslumbran cinco especies de tiburones de arrecife que nadan sin cesar: un tiburón gris de 1.80 metros inseparable de su rémora, un tiburón puntas negras, tiburón leopardo, tiburón gata y tiburón cornudo.

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Pronto se encuentra lo que es quizá la máxima atracción del recorrido: las hipnóticas medusas y minimedusas que entre el agua, la iluminación y sus formas de gelatina en movimiento, se recrea toda la gama de ultravioletas.

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Más arriba se encuentran los peces de arrecife de coral, tales como peces ángel, mariposa o payaso que no son tan tiernos como creemos, son, al contrario, sumamente territoriales. En el acuario estos peces se esconden entre corales falsos, es decir corales de cerámica brillante, pues como sabemos, en el mar los arrecifes de coral ya son escasos.

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Hay otra parte del acuario que se encuentra dentro de Plaza Carso y que no muchos conocen. Allí los biólogos trabajan con especies que tienen que vigilar, como caballitos de mar o la tortuga que llegó en cautiverio sin saber nadar y ahora es la protagonista de una de las zonas del Acuario. O especies que crían: medusas, diminutos peces neón o, justamente, colonias de corales que ahí sí, se pueden ver en vivo y a todo color.

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Entrar a la zona de Manglar Negro es estar, de pronto, más cerca del trópico. Las especies allí son de agua dulce del Amazonas, Africa y América, y son prehistóricas como sus civilizaciones. Un cocodrilo aún pequeño, víboras, parientes de las pirañas, algunos axolotl y ranas se postran frente a uno indiferentes, como si supieran que el que mira tras el vidrio es indefenso.

Ver nuestra propia cara en el cuerpo de uno de esos seres llega a ser desconcertante. ¿Cómo nos verán de aquel lado?

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El recorrido termina con pingüinos, alrededor de 15 ejemplares que viven a aproximadamente 4 grados centígrados, en un espacio al que llaman la Antartida. En esta Antartida lejana a la Antartida, estas aves que no vuelan nadan y dan brinquitos, y dicen que hasta hacen sus ritos de cortejo.

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Entrar a un acuario es aclimatarse al tiempo acuático; acompasar ritmos con cardúmenes, con tiburones que aunque nadan quizás duermen, a medusas mansas que fluyen con la corriente. Por eso relaja ir a un acuario. Uno también se reencuentra con los tiempos de la curiosidad: ¿cuánto tiempo puede uno pasar pegado al cristal de una medusa?

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