Te hace falta cancha: un partido entre el Colegio Americano y el Fátima del Deportivo Axomiatla

Un amigo de mi padre, el exjugador José Luís “Pareja” López, me hizo una pertinente observación: “te hace falta cancha” y me recomendó un equipo en donde podría adquirirla: el Fátima, nombrado en honor a la virgen que ayudó a mantener con vida al padre del entrenador después de un accidente de tranvía.

I
Esa semifinal la ganaron los que siempre ganan. Las letras rojas en el marcador del Colegio Americano presumían sin vergüenza el resultado final: 3-2 a favor de los locales.

Y mientras los jugadores de la prepa más cara de la Ciudad de México celebraban, los integrantes de un equipo mucho menos afortunado veían con incredulidad cómo, hasta en el futbol, la suerte siempre beneficia a los del billete. El otro equipo, el derrotado, era el Fátima, representante de otra ciudad: la de los taxistas, los reguetoneros, los desesperados, y en donde yo, un adolescente acomodado, jugaba dos-tres el mediocampo.

II

Desde el kínder hasta el bachillerato estudié en el Edron, colegio fresón en Calzada Desierto de los Leones (frente a la Academia de Policía), en el que debido a un sistema educativo que prioriza los quehaceres artísticos sobre los deportivos el futbol estaba confinado a un rectángulo de concreto del tamaño de una cancha de básquet. Entre segundo de primaria y segundo de prepa, pasé todos los recreos cascareando ahí con los cuates. Aunque a veces ocurrían peleas que me obligaban a envalentonarme, siempre supe que ese rectángulo de concreto era el suelo de una burbuja de la cual debía salir si quería encontrar la esencia del futbol verdadero.

III

El balón se estrelló contra el poste por segunda vez en diez minutos. Caía la noche y la tensión en las gradas del Americano iba en aumento. Nos sacaban, en promedio, una cabeza de altura y un brazo de ancho. Nosotros nos comunicábamos con base en apodos –“Botas”, “Cari”, “Michi” o “Chocorrol”–; ellos se llamaban por sus apellidos con acentos gringos y argentinos. Jugaban muy bien; eran ágiles y rápidos. Los tres goles que nos metieron durante el primer tiempo daban prueba de ello. Nuestras virtudes eran otras: maña de barrio, técnica construida en canchas de tierra y la filosofía de nunca rendirnos. Arrancando el segundo tiempo metimos dos goles. El empate iba a caer, era inminente, pero de pronto, cuando mejor jugábamos, dejamos de ver. La luz se fue misteriosamente en las instalaciones primermundistas del Colegio Americano y el árbitro, apenas reconocible entre las sombras, tomó el balón y pausó el partido.

IV

A los quince años ya había recorrido buena parte de la ciudad jugando en distintos equipos. Partidos en canchas de la UNAM, el México, el Madrid o el Possenti me invitaban a creer que podría tener éxito si perseguía el sueño más común de todos los niños de quince años: ser futbolista profesional. Me fui a probar a la cantera de los Puma sin éxito. Un amigo de mi padre, el exjugador José Luís “Pareja” López, me hizo una pertinente observación: “te hace falta cancha” y me recomendó un equipo en donde podría adquirirla: el Fátima, nombrado en honor a la virgen que ayudó a mantener con vida al padre del entrenador después de un accidente de tranvía.

Los entrenamientos de el Fátima eran en el Deportivo Axomiatla, que fue destruido para dar paso a la Supervía Poniente. Cuando comenzó la demolición nos mudamos a las canchas del Elektra, localizadas al sur de Las Águilas, en el entronque con Rómulo O’Farril. Esas canchas fungían como basurero del mercado que se colocaba los jueves y hospedaban a los monosos de la colonia, a quienes, en más de una ocasión, tuvimos que alejar a pedradas para poder entrenar. Me convertí en el bicho raro del equipo por estudiar en escuela privada y tener cabello güero. Mis compañeros, provenientes de distintos barrios de la zona sur de la ciudad (San Bartolo Ameyalco, Magdalena Contreras o El Molino), me cabulearon hasta que dejé de ser el fresón para convertirme en “El Rizos”.

 V

Llegó la luz, pero no el empate. Nos descalificaron. En silencio y cabizbajos abordamos al pesero del padre de uno de los compañeros. A muchos no volví a verlos. Algunos dejaron de jugar para empezar a trabajar; otros –los menos– le dieron prioridad al estudio. Yoni, el lateral derecho, terminó preso en el penal de menores de San Fernando acusado de robar coches a mano armada. Algún tiempo después nos reunimos de nuevo en la cárcel para jugar un partido contra los reos. Él jugó medio tiempo con nosotros y medio tiempo con ellos.

Ganamos 4-0.