El DF que extrañamos: la colonia Roma según Vicente Quirarte

Hace algunos años, once capitalinos (antes defeños) célebres –nacidos aquí o adoptados con cariño y méritos– nos respondieron una misma pregunta: ¿qué recuerdas con más cariño de la ciudad de México que ya no existe?

El DF que extrañamos es una serie de textos publicados originalmente en dF con Historia (2010), de la colección Guías dF por Travesías, que ahora es Local.mx. En la serie 11 escritores capitalinos –nacidos aquí o adoptados con cariño y méritos– nos respondieron una misma pregunta: ¿Qué recuerdas con más cariño de la ciudad de México que ya no existe? El primero de esta serie es Vicente Quirarte, quien trazó en su obra literaria una dulce y tenaz geografía poética de la ciudad. En Elogio de la calle, la ciudad no es un lugar sino un personaje, y esta obra es su biografía. Así nos respondió.

*

Nací en el centro de la ciudad de México, en una vieja casona anclada en el siglo xviii, vecina del antiguo convento de San Lorenzo y la cantina La Faena, construcciones que aún persisten con el mismo uso que tuvieron hace ya más de medio siglo.

Entre la realidad y el deseo, la ciudad era inmensa y al mismo tiempo íntima. Nada teníamos y nada nos faltaba. La calle era territorio inagotable, cuyos viejos edificios eran nuestro presente vivo. El mundo real, ese que más amábamos, era en blanco y negro: matinés de programa triple en cines de nombres tan hiperbólicos como sus vastas naves, donde nació nuestra inextinguible sed por el horror que purifica: el que nace del otro lado de la pantalla y ante el cual por fortuna siempre podemos cerrar los ojos.

Fui romano a partir de 1970, el año del Mundial en México y del estreno de la línea del metro que transformaba el tiempo y el espacio entre el norte y el sur. Nos mudamos a la colonia Roma a una vieja casa de principios del siglo xx que papá se encargó de remodelar.

Llegamos con forzada alegría. Lejos de todo pensábamos que el centro, el nuestro, era el único lugar para vivir, y a él regresábamos con cualquier pretexto. Poco a poco, la casa y el barrio nos fueron haciendo suyos hasta que comprendimos que la Roma era el único lugar para vivir. Y para morir. En la funeraria El Ángel de la calle de Tonalá hemos concentrado el dolor tribal de las sucesivas partidas.

Los sismos de 1985 nos encontraron en nuestra colonia, una de las más castigadas por la incesante Tierra. Yo continuaba siendo romano, pero vivía por mi cuenta en la célebre Casa de las Brujas de la Plaza Río de Janeiro, la cual tuve que abandonar con otros damnificados. La casa familiar se sostuvo, como heroica trinchera en medio de la devastación. Ahora que escribo estas líneas, el último día de septiembre de 2010, estamos a punto de abandonar la Roma. Nuevamente remodelada tras la muerte de nuestros padres la casa está a punto de emprender nuevas navegaciones, guiadas por otras manos. Nos hemos llevado casi todo. Lo último serán los cuarenta años de vida transcurridos en ella.