El DF que extrañamos: Ariel Rosales recuerda un bar donde se tomaba sidral y medias noches

Hace algunos años, once capitalinos (antes defeños) célebres –nacidos aquí o adoptados con cariño y méritos– nos respondieron una misma pregunta: ¿qué recuerdas con más cariño de la ciudad de México que ya no existe?

El DF que extrañamos es una serie de textos publicados originalmente en dF con Historia (2010), de la colección Guías dF por Travesías, que ahora es Local.mx. En la serie 11 escritores capitalinos –nacidos aquí o adoptados con cariño y méritos– nos respondieron una misma pregunta: ¿Qué recuerdas con más cariño de la ciudad de México que ya no existe? 

El editor Ariel Rosales nos habla del extinto Sidralí, que estaba en la esquina de Madero y Palma. Era una suerte de bar o tortería “muy bien puesta” donde se tomaba Sidralí, la también extinta competencia de Mundet, y medias noches.

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ariel rosales

Yo conozco muy bien el primer cuadro de la ciudad porque trabajaba ahí en las vacaciones, cuando era estudiante del Colegio México. Antes, las vacaciones eran en diciembre y enero. En Madero y Bolívar, una señora tenía una papelería especializada para contadores —ese edificio se conserva igualito— donde yo trabajaba. Durante cinco años, desde sexto de primaria, trabajé como mensajero en esa papelería, que estaba en el pasaje donde está el famoso Salón Corona, que une un cachito de Bolívar con Madero; creo que se llama Rioja. Curiosamente yo nunca fui al Salón Corona —de niño obviamente porque no me dejaban entrar, pero tampoco de joven ni de estudiante—; nunca fui cantinero. En esa época iba al Sidralí. Era una cosa increíble. El nombre provenía de una marca de sidral, que competía con Mundet: un “sidralito” pequeño, un poquito más grande que la Coca-Cola chica, con un casco muy llamativo. El Sidralí estaba en la esquina de Palma y Madero, ahora hay una joyería ahí. Y era un lugar puesto por la refresquera, pero ofrecían medias noches. Te podías sentar tantito, era como una tortería, chiquita, pero muy bien puesta. Un lugar maravilloso. Era una embotelladora familiar que estuvo ahí durante muchísimos años: cuarenta, cincuenta años. Y otro lugar: en Tacuba, entre Brasil y Palma, la Juguetería Paquín. Era una maravilla; creo que sigue, pero no sé. Hacían los soldados de pasta. Era un lugar como mágico.

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