El mejor paseo por Chimalistac es cuando llueve: ésta es nuestra ruta

La época de lluvias es la mejor para pasear entre las calles empedradas y puentes en ruinas, llenos de jardines, de Chimalistac.

Llovido, Chimalistac es más encantador. El cielo es una cúpula gris y las gotas parecen caer de la nada. Por acá parece que las lluvias son más débiles, así parece. Titubean. Y por las lluvias el sol es más brillante. Así transcurre un paseo por las callecitas empedradas de Chimalistac. Con el sol persiguiéndote, muy blanco, como tapado con una sábana blanca. El escudo al que se refiere el nombre del barrio es blanco también: Chimalli: “escudo” e iztac “blanco”: Lugar del escudo blanco. Podría deberse a cacerías sagradas prehispánicas o a la adoración a Huitzilopochtli (y su escudo blanco). No queda claro, son siglos de historia: Chimalistac es un barrio viejo que siempre es bueno para visitar.

flores en Chimalistac

Cuando uno se entrega al paseo suceden cosas raras. En un paseo por el centro uno se encuentra hasta lo más excéntrico; en Chimalistac dices “flor” y te cae una en las manos. Y es que además de idílico, quizás no hay paseo más cursi que éste. Cada tanto, entre los callejones adoquinados, aparecen detalles que sugieren su propósito barroco: uno se encuentra con arco hecho de rosales, un tronco que asiste a solitarios y un letrero afectuoso al pie, tres puentes de piedra volcánica y una cámara de los secretos construida para ir a contar secretos o guardar silencio.

chimalistac

en la lluvia

Los puentes de Chimalistac

Los tres puentes de Chimalistac no cruzan avenidas sino un antiguo río, el Río Magdalena, cuyo cauce es hoy un sendero cubierto de pasto, como un jardín extendido. No hay muros ni postes pintados de verde simulando clorofila, pues su fortuna es que hay suficiente. Los sauces, el pasto, las tiras de hiedra y algunos árboles frutales que todavía hay –a la vieja usanza de esos rumbos– limpian el aire que corre. Es una privilegio vivir ahí. 

Federico Gamboa

Por aquí han vivido figuras como el arquitecto Francisco Artigas, García Márquez, Augusto Monterroso o Elena Poniatowska. A principios del siglo XX vivió allí Federico Gamboa, donde escribió Santa, el libro que narra cómo la vida pasaba en Chimalistac.

La historia que describe la decadencia de una oriunda de Chimalistac, hace más de cien años, cuando todavía era un pueblo alejado de la ciudad que, por enamorarse de un hombre malo, fue desheredada y exiliada al centro de la capital, donde llegó a ser prostituta. La expulsaron del paraíso. Del Edén de la Ciudad de México.

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árbol en la plaza

chimalistac

La Plaza Chimalistac entonces pasó a llamarse Federico Gamboa, allí donde también está un templo que todavía se llena los domingos, dedicado a un martir que parece bailarín. Este es el mejor punto para comenzar el paseo, que puede terminar en dos favoritos de nuestra (otra) fauna local: El Venadito o El Rincón de la Lechuza.

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