DNA Loves x Local.mx: Las tendencias de la moda en México

En nuestra búsqueda por brindarles las mejores recomendaciones de la ciudad nos aliamos con DNA Magazine para brindarles un poco de lo mejor de la moda mexicana.

Ya hemos platicado sobre las faldas de cinturas imposibles, los pantalones acampanados y las flores de colores estridentes que alguna vez se usaron en la Ciudad de México. Y es que los recuerdos más luminosos de una época tienen que ver con la ropa. Más allá de su practicidad y valor estético, en la forma de vestir se reúnen una serie de valores relevantes de la época y por eso queremos estar de cerca con las tendencias más actuales. Así que nos aliamos con DNA Magazine, expertos en el tema, para que nos ayuden a navegar por las distintas propuestas de esta ciudad en constante movimiento.

dna magazine

Desde su lanzamiento en el 2014, DNA Magazine se ha posicionado como líder en moda, estilo de vida, música y belleza en México. Su contenido exclusivo celebra y presenta talento emergente de nuestro país y comparte cuestionamientos, dudas y sentimientos acerca de lo que significa ser creativo en la actualidad. DNA es un espacio en donde convive el sentir de las nuevas generaciones a través de su mirada única, siempre con un fin cultural. Su objetivo es alentar una comunidad que rompa con los estereotipos que limitan nuestra labor creativa y así generar un cambio positivo. No son un medio tradicional, son un retrato de personas que transforman una serie de vivencias, ideas, información y sentimientos en un quehacer artístico que se alinea con una temática que representa un momento en la historia creativa de México. Con dos editoriales impresas al año, una en primavera/verano y la otra en otoño/invierno, DNA celebra este año su quinto aniversario.

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moda mexicana

Estén pendientes, los próximos días publicaremos más acerca de la tendencias más frescas de la moda en México.

Síguelos aquí.

 

Día de mamis: Talleres gratis de Vogue

La casa de voguing House Of Mamis va a tomar las instalaciones del Centro de la Imagen con su Día de Mamis, para enseñarnos la puesta en escena del Vogue a través de talleres y un conversatorio.

La cita es a partir de las 17 horas del miércoles 7 de noviembre, iniciando con el taller “Desdibuja tu género”, un ejercicio de dibujo y expresión gráfica. A las 18 horas es el conversatorio “El boom del Vogue en México”, cuyas guías y moderadoras de la charla son la abuela de House of Mamis, Franka, y su actual madre, La Mendoza. Posteriormente y para finalizar, a las 8 de la noche se lleva a cabo la práctica abierta de Vogue y Sex Siren “Libera tu cuerpa”.

vogue

El conversatorio es de entrada libre y los talleres solo requieren de una inscripción que puedes hacer en un link que las Mamis dejaron en su Facebook, lo encuentras aquí.

Si quieres saber más sobre la escena del Vogue en México, checa el fag checking 002 que hicimos en Local:

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Wanderlust 108: carrera, yoga, meditación y wellness este sábado

Este sábado 20 de octubre se lleva a cabo el “triatlón consciente” Wanderlust 108 que consiste en una carrera o caminata de 5K, una clase de Yoga con un DJ y una meditación guiada.

Además del triatlón Wanderlust 108, habrá clases adicionales de acroyoga, slackline, hula hooping, clases de Yoga, aerial yoga, caminatas – meditaciones, conferencias y talleres. En cada evento se presentan maestros, oradores y talentos musicales nacionales e internacionales como Eoin Finn y Laila Kuri (yoga), Ná Áak y Av Aac (meditación), Jose y Karla (música). También habrá comida orgánica y un mercado de emprendedores locales.

El evento empieza a las 7am en el Campo Deportivo del Estado Mayor Presidencial (Av. Constituyentes 851, Álvaro Obregón, Lomas Altas, 11950 Ciudad de México, CDMX, México), haz click aquí para ver todos los horarios. Si están pensando en ir no duden en usar el código JOSKAR para obtener un 15% de descuento en sus boletos.

En marzo fuimos a Wanderlust en Valle de Bravo y así vivimos la experiencia de un festival de Wellness:

El interés por el bienestar no es novedad, pero ha adquirido más exposición en los últimos años. Wanderlust nació en California en 2009 y ahora sucede en más de 30 países. Este año se llevó a cabo en México por primera vez, en el Hotel Santuario de Valle de Bravo –del 9 al 11 de marzo–, y el inicio de nuestra crónica, sin duda, deben ser los baños: limpios, cómodos y amplios (no sé a qué festivales hayan ido ustedes, pero el baño tiende a ser un momento terriblemente tedioso).

Foto por Rasiel Rodriguez

Luego vienen las dudas en torno a las actividades (decenas y variadas, algunas extravagantes): ¿Mandalas con Hula, Deepsoonic meditation hike, Slackline o Ecología profunda ancestral? Optamos por la primera: hacer mandalas con 6 hula hoops durante una hora bajo la dirección de Fer Ruz, quien da clases en el Centro Kiai Yoga de la Ciudad de México.

Dimos vueltas y movimos la cadera con torpeza pero con gusto. Dicen puedes quemar hasta 400 calorías. Otra actividad que nos hizo sudar fue caminar al “jardín secreto”, un área verde alejada del resto del festival en donde Paola Ambrosi y Antonio Sánchez Muñiz, entre brisa y suaves palabras, guían una meditación con vista al lago que nos hace sentir renovadas y hambrientas. Ellos crearon el proyecto Transpersonal e imparten cursos de meditación en la Cuauhtémoc.

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Foto por Francisco García Pérez

Caminamos hacia la sección gastronómica. Encontramos una no muy amplia pero sólida selección de comida saludable y letreros que comunican que se trata de un festival “Carbono 0”. Pedimos chai frappé del Chai Bar (hay uno en la Condesa) y pan de plátano –también nos tienta el lassi de mango–. Comemos sobre cojines distribuidos a lo largo de tapetes colocados al lado del puesto en donde Dennise Abush vende bufandas de la India. Huele a jengibre y agua de rosas. El día es soleado. El sabor del chai es delicioso; hablamos con Ana Desvignes, su creadora. Nos confiesa que hasta en Goa, India, le han pedido la receta. Además de experimentar en torno al té, Ana dirige Yoga He, ubicado en una casona antigua de la colonia Roma que conserva pisos y pintura originales y que comparte con los talleres culinarios Sobremesa.

Foto por Rasiel Rodriguez

Comimos en el restaurante del hotel mientras recibimos la voz enérgica de una mujer que canta baladas folclóricas al lado de la alberca. Para hacer la digestión, bajamos al área principal y nos acostamos sobre los pufs colocados en las inmediaciones de un estanque custodiado por cisnes. Así es más o menos un festival de wellness en México.

https://wanderlust.com/es/mex/

 

#Yosinplásticos: un mapa de la ciudad que muestra los comercios que no venden plástico

El mapa #Yosinplásticos es un directorio digital que indica la ubicación de tiendas y restaurantes que venden productos sin plástico a nivel nacional.

El equivalente a un camión lleno de plástico se vierte en el océano cada 60 segundos. De hecho, tal vez sea más. En el Océano Pacífico hay unos bancos gigantes de bolsas de basura y, mientras la basura lentamente se desintegra, los animales se la comen y reducen su posibilidad de procrear, o simplemente mueren. #Yosinplásticos es una iniciativa que a través de un mapa de México muestra comercios que venden productos sin plástico a nivel nacional.

En la ciudad la basura también nos afecta directamente con fuertes inundaciones provocadas en parte por fallas en el sistema de drenaje, el mal aprovechamiento de las lluvias y la enorme cantidad de basura que producimos. Sabemos que necesitamos menos plástico de un solo uso y que los empaques biodegradables ya tendrían de ser indispensables. Pero es complicado, en la Ciudad de México hay muy pocos locales que tienen esta opción. Hace poco hicimos una lista de los restaurantes que ya hicieron el cambio y han apostado por distintas alternativas de ecopacking a domicilio y además, todos nos parecen muy ricos (aquí la lista).

yosinplastico
© Argelia Zacatzi / Greenpeace

#Yosinplásticos es una iniciativa que va más allá: un directorio digital, que a través de un mapa de México muestra comercios que venden productos sin plástico a nivel nacional. Es una campaña diseñada e implementada por grupos de voluntarios de Greenpeace México. Por ahora, la Ciudad de México solo cuenta con dos entradas y por eso es importante correr la voz, ya sea para inscribirse o para avisarle a los dueños de negocios que no usen plástico de 1 solo uso a unirse.

Cada vez más tiendas y restaurantes se preocupan por su huella ambiental, como Maikai Poke, que tiene envases completamente biodegradables o El Huacal con sus envolturas de cartulina. Sin embargo se necesitan más proyectos que ayuden a visibilidad y fomentar una producción y consumo responsable.

Para participar en la campaña solo es necesario usar el #Yosinplásticos y registrarse en la página: https://greenpeace.mx/sin-plasticos/

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7 hallazgos en la “San Fe”, el tianguis más grande de América Latina

En la San Fe hay 7 km de puestos ambulantes, miles de tesoros. Esto es el tianguis más grande de América Latina, el de La San Felipe de Jesús.

En la colonia Gustavo A. Madero, cada domingo desde hace más de 40 años, alrededor de 30 mil comerciantes (más los que se instalan de paso) cierran 7 kilómetros de calle para instalarse. Se llenan 8 carriles desde la madrugada para albergar a 500 mil visitantes en el tianguis de la “San Fe” (la San Felipe de Jesús).

Tomarte un día entero no basta para recorrer ni la mitad de lo que este mercado ambulante tiene para ofrecer: bicicletas, herramientas, comida, antigüedades, ropa nueva y de paca, productos de belleza y hasta medicinas. Bares a media calle. Todo, todo lo que uno pueda imaginar (y hasta lo que no) está en estos kilómetros de coloridos puestos en la San Fe.

la San Fe

Para llegar a este tianguis, algunos hacemos verdaderas travesías urbanas, en mi caso (vivo al sur de la CDMX), es un recorrido en metro, transbordos y luego un microbús. Pero todo vale la pena cuando te adentras a la selva asfáltica que representa y empiezas a encontrar tesoros endémicos.

Nuestros hallazgos fueron estos:

Lámpara

la San Fe

Una parte del tianguis de la San Fe está dedicada a antigüedades, y ahí puedes encontrar de todo, todo, todo y a precios mucho más razonables de los que suele haber en la Lagunilla. La vez pasada que visité conseguí un cenicero muy victoriano por cinco pesos y ahora encontramos esta lámpara a solo 50 pesos.

Mascarillas

la San Fe

Había visto videos y algunas fotografías en Instagram de influencers de beauty usando estas mascarillas de animales y me encantaban. Cuando las vi aquí por 10 pesos no me pude resistir (en Amazon están en 11 usd). Soy muy especial con los productos que uso en mi piel, así que revisé bien el empaquetado y me di cuenta de que si no son originales, al menos son las mejores copias que pueden existir en el mundo. No tienen error.

Rascador para gato

la San Fe

70 pesos en la San Felipe VS 400 pesos en una tienda de mascotas. Eso sí, la durabilidad puede variar.

Placas de identificación para mascotas (con grabado)

Para quienes tenemos animales de compañía esto es un hallazgo. Placas de identificación para tu perro y/o gato a solo 30 pesos, y lo mejor: ¡te las entregan grabadas en cinco minutos! Nada que ver con los costos de tiendas de mascotas cuyo precio ronda entre los 150 y los 350 pesos.

Pinturas

la San Fe

¿Pinturas para tu casa? Esto no lo había visto en ningún tianguis y aquí las hay de todos colores y hasta te pueden hacer una mezcla personalizada.

USB con playlist

la San Fe

Esto no pensaba encontrarlo jamás y es una de las joyas que uno encuentra al ir de tianguis. Por supuesto que la selección musical está a cargo del tendero, así que comprar una de estas USB es bajo tu propio riesgo (puede ser un HIT).

Falda tropical a 20 pesos

la San Fe

Caminando por uno de las pequeñas calles del tianguis paré en seco cuando vi de pronto esta hermosa falda floreada. Mi cara fue de felicidad desmedida cuando el tendero me dijo el precio –20 pesos güerita-, Sin atreverme a regatear, saqué el billetín y me fui dando saltos.

Unos metros más de viaje y un puesto de calcetas ofertaba un 2×25. Tenían de todo. Yo compré estas más unas azules de gasa con brillos que en cualquier tienda de centro comercial me hubieran costado fácilmente $200 pesos.

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Las calles que estarán cerradas por el Maratón y algunas alternativas

Este domingo 26 de agosto, la carrera empieza en el Zócalo y acaba en el Estadio Olímpico Universitario de la UNAM. Desde el sábado se cerrarán algunas vialidades.

Todo aquel que ha caminado o corrido distancias de fondo a llegado a la temida “pared”, un punto en el que parece que no se puede seguir más. Dicen que si uno sigue a una distancia constante, después de unos metros uno accede a un estado en el que se regula el ritmo cardiaco y uno se siente mejor. El segundo aire. Como cada año, a finales de agosto se lleva a cabo la carrera del Maratón de la Ciudad de México. Desde 2013 se le dedica una letra de la palabra “México”, este año es turno de la última letra, la “o”. Por eso, la playera será amarilla como el último aro olímpico (“o” de olimpismo) en conmemoración al 50 aniversario de los Juegos Olímpicos México 68.

Más de 10 mil participantes repartidos en los 42 kilómetros que abarca el maratón, descontrolan un poco más el ya caótico tráfico de la cuidad, por lo que más vale estar preparados.

La ruta empieza desde el Zócalo y acaba en el Estadio Olímpico Universitario de la UNAM, pasa por las avenidas: Paseo de la Reforma, Juárez, Chapultepec e Insurgentes. Y ojo, que desde el sábado en la noche empiezan a cerrar calles. Waze tendrá todos los cambios de rutas viales el domingo, aquí también tenemos una lista de las calles que estarán cerradas, y algunas alternativas.

Calles y avenidas cerradas:

  • Calle 20 de Noviembre
  • 5 de Mayo
  • Avenida Juárez
  • Paseo de la Reforma, entre Eje 1 Norte y Mariano Escobedo
  • Mariano Escobedo
  • Ejército Nacional
  • Avenida Presidente Masaryk
  • Calzada Mahatma Gandhi
  • Avenida Chapultepec
  • Sonora
  • Nuevo León
  • Avenida de los Insurgentes
  • Darwin
  • Moliere
  • Miguel de Cervantes
  • Tolstoi
  • Avenida Acuario
  • Colegio Militar
  • Del Rey
  • Salamanca
  • Álvaro Obregón
  • Parque España
  • Insurgentes Sur
  • Circuito Escolar

 

Alternativas viales:

  • Eje Central Lázaro Cárdenas
  • Calzada de Tlalpan
  • Fray Servando
  • Congreso de la Unión
  • Circuito Interior
  • Calzada Legaria
  • Anillo Periférico

 

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Extrañar el Mundial de futbol en la Ciudad de México

Durante el Mundial nos deslizamos a ser niñas y niños que se buscan por el simple hecho de coincidir a través de un juego que vincula por medio de una ilusión compartida.

Deambulo por la calle hasta encontrarme con los Sifones, restaurante en el barrio San Andrés, Coyoacán, con muy buenos tacos a la parrilla sobre tortillas cuadradas hechas a mano. Son las 10 de la mañana. Está cerrado y han quitado de la puerta las banderitas de países. Entonces recuerdo a Rudy con nostalgia: gerente de una farmacéutica aledaña que, durante el Argentina vs Croacia, comenzó a hacerme plática. Pidió caldo de pollo y tacos de costilla con queso; hacía muecas, sonreía y se enojaba hasta ponerse color trompo al pastor cuando la cámara enfocaba a Sampaoli quitándose el saco, exponiendo sus brazos tatuados; “mira nada más ese tipejo, ¡qué ridículo!”, me decía Rudy con acento de lord criticón y tonada que se recargaba en las primeras letras de cada palabra, abriendo apenas los labios, mostrando los músculos de su férrea quijada, los ojos saltones y su cabeza tambaleante como los muñequitos cabezones. Vinieron los goles y Rudy me abrazó como no lo hace con sus hijos, me explicó detalladamente la formación de los equipos como no lo hace con sus empleados y escuchó mis opiniones arbitrales con la paciencia que no le tiene a su esposa.

Extraño mucho el Mundial de futbol.

Extraño la suspensión de lo cotidiano, la destrucción de lo monótono y sentir el roce de la utopía por unir a una sociedad desmembrada y con tantas heridas. Con futbol nadie olvida sus consignas, problemas, dolores, alegrías e indiferencias, pero durante el Mundial nos deslizamos a ser niñas y niños que se buscan por el simple hecho de coincidir a través de un juego que vincula por medio de una ilusión compartida a gente en el Hospital Tlalpan, en el mitin que otra vez cierra Insurgentes, en la tienda de vinilos en la Roma, en el puesto de gorditas en la esquina entre Ignacio Zaragoza y la calle Oriente 251, en la marcha a favor de la diversidad sexual que camina hasta el zócalo desde Reforma, en los cubículos de la Prepa 8 o en las oscuras capillas de la Basílica de Guadalupe. Un juego que durante cinco semanas del verano pareció hermanar en la Ciudad de México, a través de una misma ilusión, lo público con lo privado, lo carnívoro con lo vegano, al marginal con el poderoso. Detrás de las mafias, los escándalos, el fanatismo y el capitalismo salvaje que rodean al futbol, siempre se impone su voz interior: el juego, el acento lúdico que huele a césped y vuelve al individuo en masa, el desorden que aminora la distancia con el desconocido, el caos donde se expresan los síntomas genuinos de la libertad.

Extraño el mundial de futbol por la manera en que juega con nosotros: vidas efímeras en busca de un grito desesperado que por unos segundos nos haga deshacernos de la identidad que la cultura nos ha vendido y le hemos comprado. Buscadores de ilusiones. Mis pies habrán de envejecer cuatro años y medio para volver a quebrar el vidrio con un balón y saber si detrás de aquella vitrina se puede recoger algo más que la desesperación de la vida diaria.

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La razón por la que me metí a un equipo de fut femenil en la Herradura

¿A qué niño/a no le apasionaría un deporte que le significaba minutos desbordantes de adrenalina y felicidad, volando por los aires y volviendo a caer entre los brazos de su padre? Me atrevo a pensar que cualquier lector que de chico asistió al estadio o que, como yo, festejó con intensidad un gol desde su casa, podría reconocer su propia emoción.

¡GOOOOOOOOOOOOOOOL! Era la señal que Stephie Fafs, de seis años, esperaba para arrancarse corriendo por las escaleras, bajar a la cocina, atravesar la puerta del comedor y finalmente regresar por las escaleras para aventarse a los brazos de su papá en la sala de TV y juntos entonar un grito de ¡GOOOOOL! digno de perturbar en su sueño más profundo a la mismísima Mujer Dormida. A veces, arrullada por un sinfín de pases distribuidos por la cancha, Stephie Fafs era quien se quedaba dormida frente a la tele hasta que finalmente llegaba el gol y, sin titubeo, su papá la tomaba en brazos, la aventaba hacia arriba por el aire para volverla a cachar y juntos, entre risas, entonar nuevamente el grito de ¡GOOOOOL!

Así recuerdo que nació mi pasión por el futbol, una pasión que se encontraba impregnada en mí como parte de mis recuerdos más preciados de la infancia. ¿A qué niño/a no le apasionaría un deporte que le significaba minutos desbordantes de adrenalina y felicidad, volando por los aires y volviendo a caer entre los brazos de su padre? Me atrevo a pensar que cualquier lector que de niño asistió al estadio o que, como yo, festejó con intensidad un gol desde su casa, podría reconocer su propia emoción en estas líneas.

En la escuela primaria mi recreo se dividía en dos momentos que, para mí, eran perfectamente complementarios. La primera parte del recreo: lunch con mis amigas. La segunda parte: correr a la cancha de futbol para poder tocar, aunque fuera una sola vez, un balón de goma peligrosamente disputado por una decena de niños eufóricos del Liceo Franco Mexicano de Coyoacán.

futbol femenil

Más tarde, y en otra latitud de la Ciudad de México, pude ingresar formalmente a un equipo de futbol femenil: La Herradura F.C. Mi mamá me dejaba junto al estacionamiento de la Comercial Mexicana. Una banqueta en forma de pasillo me conducía hacia la cancha en la que finalmente conocí la dicha de ser parte de un equipo de futbol: el uniforme sospechosamente similar al de la Juve; las espinilleras como mi accesorio preferido; entrenamientos dos veces por semana; un coach que dejaba el corazón en la cancha, y mis talentosísimas compañeras de equipo que la rompían cada fin de semana en los partidos de la Liga.

Con ellas también conocí la gloria de mi primer gol y voltear a ver a mi padre en las gradas cantarlo, pero ahora por una hazaña en carne propia. También recuerdo los días en los que, por un marcador poco favorecedor, el ánimo llegaba hasta el suelo y las piernas empezaban a pesar. Recuerdo errores que cometí siendo defensa, algunos empujones o manotazos de las jugadoras del equipo contrario, una fisura del peroné que, por haber sido provocada por una seleccionada nacional, vestía heroicamente mi yeso de niña de quince años.

Continuaron desfilando por mi vida los equipos de futbol en otras instituciones y en la Universidad. Cada uno con sus propias enseñanzas y amistades. Puedo decir que me encanta el futbol. Y no, no soy una enciclopedia de nombres de futbolistas, de marcadores y fechas importantes. No me sé los ganadores de los mundiales pasados ni el historial completo de la Champions. Me encanta el sentimiento de ver un partido por la emoción que me transmite: las ganas de revivir en mi memoria la sensación de meterle el empeine a un balón y observar el vuelo de su trayectoria, ansiando poder volver a entonar el canto de ¡GOOOOOOOOOL!

 

Entre una morra, el Under y un partido de futbol

El celular me despertó a las nueve de la mañana. Era Morris. ¿En dónde estás?, preguntó molesto. Faltaban 15 minutos para el inicio del partido.

Ayer el “Pájaro” me llamó y me dijo: güey, vamos al Under. Jael festeja su cumpleaños ahí; va la morra que te late. Y sí, ahí estaba ella: Guapa, con una cerveza en la mano. Rodeada de amigas. Saludé a todas de beso. A ella hasta el último. Chuleó mi ropa. Hablamos, bailamos y, aunque convivimos con otras personas, siempre terminábamos juntos. Fui por dos cervezas. Dijimos que sería la última, pero seguimos ahí, comentando sobre cualquier cosa que nos permitiera prolongar nuestra unión: el terremoto, Game Of Thrones, OVNIS, su papá cruzazulino, Morrissey, los gustos culpables o la serie de Luis Miguel. Cuando nos dimos cuenta, ya casi no había nadie en el Under. Ella se veía brillante bailando Atomic de Blondie. Encontré al “Pájaro” pedo en los jochos de afuera. Le dije que debíamos irnos, que yo tenía partido y ella desayuno familiar. Nos subimos a un Uber y, tras un tenso silencio, le dije al conductor que sí, que siguiera la aplicación. Me acerqué a ella y la besé en los labios. Nos bajamos en mi departamento. En las escaleras me tomó de la mano. Abrí la puerta y saqué del refri las dos cervezas que me sobraron de una noche de FIFA. Puse una playlist y bajamos por un six. Cada quien se tomó dos y nos quedamos dormidos con la ropa puesta.

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El celular me despertó a las nueve de la mañana. Era Morris. ¿En dónde estás?, preguntó con tono molesto. Faltaban 15 minutos para el inicio del partido. Me levanté de la cama como si tuviera un resorte en el culo y busqué mi uniforme. Me dolía la cabeza, sentía la garganta rasposa y mi estómago pedía comida. Tengo que ir a jugar; por favor, espérame, le dije a ella y me despedí con un pico. Llegué a la cancha corriendo. Nos faltaba un jugador. Morris, desde adentro, me gritó: órale, cabrón. ¡Métete! Me ubiqué en la defensa lateral izquierda y di un partido para el olvido. Dos goles fueron culpa mía y vomité al medio tiempo (no sé cómo Romario podía jugar después de una noche de parranda, recuerdo haber pensado). Perdimos 4-0 contra unos chicos bien uniformados y más jóvenes que nosotros. Al final, Morris me dijo que qué onda conmigo. Otros compañeros me miraron con hostilidad y Juan Pablo hizo entrever con un comentario ácido que quizás el ciclo de nuestro equipo había concluido: Es claro que no hay compromiso. Por un momento me puse triste, pero la recordé frente a mí con una cerveza en la mano bailando Blondie y me dije: vale madres un partido si tu morra te espera en casa.

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Cómo escapar de una ciudad monstruosa por medio del futbol

Gracias al futbol descubrí que en esa primaria coyoacanense que durante años asocié con una prisión de concreto, existían mínimos paraísos de naturaleza.

La ventana de mi cuarto daba a un estacionamiento residencial. Más allá del estacionamiento, al final del horizonte, podía ver una notaría, restaurantes y las oficinas de un despacho jurídico.

Tenía 10 años y en Coyoacán me sentía atrapado entre calles y edificios. Cada mañana, cuando mi papá me llevaba en coche hacia la escuela, mi imaginación se aferraba a los árboles del camellón de Miguel Ángel de Quevedo. Se aferraba a ellos y luego, durante las clases, construía arbolados senderos intrincados que conducían hacia un río o una montaña.

Siempre había agua en esos sueños míos con montañas que me guiaron, hacia los 11 años, a involucrarme en una actividad repulsiva: el futbol.

futbol
cortesía de Crack Style

La idea había sido de mi mamá: “si te metes a la selección, podrás recorrer las canchas de todas las escuelas”. Y yo al principio no entendí a lo que se refería, pero fui a las prácticas y, debido a mi elasticidad y facilidad para terminar en el suelo, me eligieron como portero (suplente).

Del futbol me resultaba repulsiva su proclividad a desencadenar enfrentamientos y peleas entre entrenadores, jugadores, público y árbitros. Héroes de mi infancia degeneraron en villanos por culpa del futbol. El padre de mi mejor amigo, por ejemplo: un discreto hombre de voz suave adorador de libros que –cierta tarde frente al televisor de su sala­– se puso de pie, le gritó a través de la pantalla a un defensa si ya te tragaste dos goles ¿por qué no te tragas esta? y por fuera del pantalón se agarró el pene con la mano izquierda.

Durante mi primer entrenamiento como portero suplente encontré –mientras aguardaba mi turno para realizar ejercicios a un costado del arco– a una gata parda que, agazapada tras las flores carmesí de una buganvilia, observaba con apasionada fijeza, como si de un pájaro redondo se tratara, las incoherentes trayectorias del balón. Al fondo de la cancha, según fui hallando en posteriores entrenamientos, además de una gata parda habían un nido de avispas en la cavidad de una pared oculta tras helechos y una jardinera de piedra volcánica con tabachines en donde, podría jurarlo, atisbé a lo lejos una tarántula.

Gracias al futbol descubrí que en esa primaria coyoacanense que durante años asocié con una prisión de concreto, existían mínimos paraísos de naturaleza.

futbol
cortesía de Crack Style

Con motivo del torneo regional de primarias, dos veces al mes debía visitar otras escuelas para jugar. Eran viajes en camión de por lo menos media hora que ineludiblemente implicaban transitar por División del Norte y su asquerosa infestación de tiendas para comprar azulejos e inodoros. Media hora de escuchar cláxones y oler gasolina; de ver a niños bajo los semáforos tragar alcohol etílico y escupir fuego; de sentir hartazgo y miedo y atestiguar cómo estas sensaciones se materializaban en escenas de irracional violencia en donde dos hombres tristes se golpeaban en la banqueta mientras, a la distancia, sus familias los miraban con indiferencia.

Al llegar a la escuela en turno me bajaba del camión y corría hacia la cancha de futbol e invariablemente –en el Madrid, en el México, en el Simón Bolívar, en el Santa Fe o en el Cedros– detrás de cada portería encontré desconocidos jardines portadores de breves y misteriosas señales que conducían hacia insólitos panoramas de bosques, praderas, páramos o cascadas. Yo me adhería a la existencia de esos mínimos paraísos de naturaleza, y ahí, adherido a begonias y mirlos o ardillas y cedros o aguacates y catarinas, mis nervios se liberaban de la iracunda intoxicación urbana.

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