Las azoteas: un texto breve de Elena Poniatowska acerca de la vida secreta de los techos

“Casi todas las azoteas de la ciudad son color de lluvia y de viento.”

Las azoteas tienen precipicios a sus costados. Cuando uno está arriba y mira hacia delante, la ciudad no es más que un solo techo. Abajo, en la barranca de la calle, hormiguean las gentes pequeñitas. ¿Para que se mueve tanto? Sus rostros fijos en la banqueta, sus nucas frágiles: cabecitas de alfiler. Por la mañana, las azoteas son las montañas de concreto de la ciudad; las calles se desenvuelven como cauces de río profundo. Algunos techos semejan jardines que han brotado entre la piedra, sembrados a ojo de pájaro por el viento. Otras azoteas ponen al hermano sol a secar miles de banderas blancas.: sábanas, camisas, enaguas, que para los aviadores son pañuelos de adiós.

Las azoteas viven estrictamente ligadas al alba y al crepúsculo. De día, las lavanderas se protegen bajo un toldo, tienden la ropa y no se quedan mucho tiempo porque el sol pega duro. Pero temprano en la mañana con la energía de la primera hora sube alguna criada a bañarse en una palangana porque hoy le toca su salida; otra a lavar su vestido de los domingos –el menos percudido– para que esté seco por la tarde. Allí reciben todas las luces que trae el día; luces de agua, de música, luces buenas, alegres, de puro oro, en las que todavía chisporrotea una estrella rezagada.

Las azoteas son el patrimonio de las criadas. A la hora del crepúsculo van a platicar: entablan amistad con otras del mismo edificio, leen las cartas que como padrenuestros reciben de su pueblo: “Por la presente te mando saludar, deseando que estés bien de salud, con el favor de Dios”, y les hacen señas a sus donjuanes. Es el único lugar donde son verdaderamente libres. Por eso se peinan alisándose con el agua del lavadero y con verbena para que no les caiga orzuela, para que no se troce el cabello.

–Eduviges ¿qué cosa hay en la azotea?

–Ay, niño, ven tú a ver!…

–Mi mamá no me deja… Dice que sólo los gatos…

(Eduviges respinga con eso de “gatos”)

–Mira hay pelotas, globos perdidos, papalotes, aviones atorados en las antenas de televisión…

–¡Oh, Eduviges!

¡Nada tan bonito como asomarse a un tragaluz! Huele a sopa, a frituras, se ven las recámaras, las mesas con sus manteles bordados y las criadas vislumbran la intimidad de la inquilina del tres, de la del siete: ¿Sabes?, la señora del dieciséis tiene un jarrón rechulo. Lo vi por el tragaluz”. Cuando comienza a oscurecer se oyen gritos desde el abismo: “Eduviges! ¡Eduviges!”. Entonces se apresura:

–Me llama mi patrona pa’ lo de la merienda..

A diferencia de los tejados de los pueblos, donde se tienden a secar las calabazas y el maíz, casi todas las azoteas de la ciudad son color de lluvia y de viento. Se alzan por encima del bullicio interno del edificio, de los miles de gritos, puertas que se abren y se cierran, radios de comedias sentimentales, telenovelas y timbrazos. Las azoteas son torres de silencio que coronan las cosas. Allá se apaga todo. Los ruidos llegan atenuados y tan sólo se escuchan los zumbidos del agua en los tubos, los tinacos despreocupados que gotean y el chapoteo del aire sobre la sábana mojada.

*

Este texto forma parte de la tercera edición de Todo empezó en domingo, un libro hermoso que Travesías Editores publicó en 2012, que es un conjunto de las crónicas semanales que Poniatowska escribió para el suplemento dominical de Novedades. a finales de los años 50. La primera edición salió hace poco más de 50 años con el FCE, la segunda bajo el sello editorial Océano. Esta edición, que coordinó el sello editorial al que Local pertenece, viene acompañada de los dibujos de Alberto Beltrán y fotografías de Graciela Iturbide.

Como presentación a la tercera edición, el director editorial, Guillermo Osorno, escribió:

Para esta edición de 2012 Elena quiso dejar testimonio de las dos ciudades: la íntima, la de antes, y la nueva. Y aquí es donde entra la fotógrafa Graciela Iturbide, quien amablemente se ofreció a hacer un ensayo con imágenes de la construcción del segundo piso del Periférico. Es una metáfora de la ciudad que se nos fue al cielo, que se nos salió de las manos. Esas imágenes van al principio y preceden los texto de Elena y los dibujos de Alberto Beltrán. Por lo demás, esta edición se parece más a la de 1957. Se trata de una colaboración del Gobierno del DF, el Fideicomiso Centro Histórico y Editorial Mapas (ahora Travesías Media) que han querido acompañar a Elena Poniatowska y Alberto Beltrán en sus paseos dominicales por una ciudad desaparecida, como una estrategia para recuperarla.

Ahora en local.mx nos unimos a ese recorrido.

Si te interesa el libro, puedes verlo y comprarlo aquí.

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