Alumnos 47 y su exposición entre los jardines de Kalach y los muros de Barragán

Sincrónico es una exposición colectiva curada por Tania Candiani y Jessica Berlanga Taylor en el jardín 17 casa estudio Barragán y Alumnos 47.

Autor: Begoña Irazabal | Fecha 29 noviembre, 2017

Es increíble que te den una visita guiada, es súper satisfactorio poder entablar un diálogo con alguien que le sabe al mundo del arte. Me reuní con Joshua Jobb de la Fundación Alumnos 47 en el jardín 17 de Casa Estudio Luis Barragán, donde se presenta Sincrónico. Este idílico jardín fue remodelado por el arquitecto Alberto Kalach y se me hace como para tener un amorío en una noche de verano; paredes azul rey, torsos griegos, un espejo de agua, piedra volcánica, piñanonas y sensación selvática, incluso hay flores amarillas de floripondio, también conocido como “la trompeta del juicio”; campanas misteriosas que ven hacia el suelo.

alumnos 47

Joshua me cuenta que Sincrónico es parte del programa educativo de la Fundación Alumnos 47. Al parecer el objetivo es hacer una especie de atlas, una enciclopedia de artistas entre emergentes y consolidados que se sincronicen en un solo espacio. Sincrónico está curado, en esta ocasión, por la artista Tania Candiani y Jessica Berlanga Taylor también de Alumnos 47.

Los artistas que participan en la exposición del increíble jardín de enredaderas y floripondios son Carolina Castañeda, Paola Fernández, Joshua Jobb, Daniela Libertad, Laura Meza, José María Rubio y María José Sesma.

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Foto: Francisco Flores

La exposición comienza en el jardín y lo primero es la instalación de Carolina Castañeda. Una serie de columnas de concreto, una a lado de la otra, que son sin más la máxima gozadera: cada columna tiene dos incisiones perfectas que contienen una barra dorada y, sobre esta, un papelito de celulosa con aroma a algo. Carolina trabajó con una perfumista y logró captar el aroma de ciertas cosas que son parte de su historia, por ejemplo el “caballo”, que huele un poco a almizcle; el “viento marítimo”, que sí huele a briza en la playa (!); el “sol”, la “contemplación” o incluso el “amor”.

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Foto: Francisco Flores

Y aunque algunos sean meros conceptos dificilísimos de atrapar, todo es tan acertado que satisface el espíritu. Aparte uno tiene que medio agacharse en medio del jardín de Kalach para oler las columnas, y eso lo hace mucho más bucólico.

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Foto: Francisco Flores

Luego, en uno de los bustos está una de las piezas de Joshua Jobb –agitadores de café de todos colores que han sido usados componen una estructura lúdica, nueva, posible, amigable entre la vegetación y las formas clásicas del cuerpo humano. Todos esos agitadores –que ya agitaron la bebida de alguien– nos agitan y despiertan… Y tanto descontrol energético es hermoso.

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Estamos tan extrañamente acostumbrados al arte contemporáneo que, lo que es un barandal de polín de madera y cuerda nos hace pensar en una obra sobre las fronteras y los límites, pero es simplemente para que la gente no se caiga de las escaleras. Vemos al final del jardín unas banderas, o capas, de Laura Meza que nos invitan a celebrar la jocosidad, el ocio, la diversión. A hacerle justicia al “tiempo perdido” que no es perdido, es usado de otra manera y está lleno de colores. Ella tiene otra pieza majestuosa, una mesa de ping pong naranja con la silueta geográfica de México y Estados Unidos pintada de color lila. La red separa la frontera entre los países y el juego se convierte en una contienda política, contundente, ligera y pesada en muchísimos niveles.

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El espacio en que se muestra la obra de Daniela Libertad es muy bonito, son dibujos, tramas y urdimbres que crean paisajes como si fueran textiles en tonos otoñales. El montaje es interesante, juega con las alturas de manera distinta a lo convencional. Las esculturas-instalaciones son minimalistas y eso las hace muy atractivas. Desafortunadamente, la otra sala estaba sin funcionar, pero me contaron de unas piezas de María José Sesma que juegan con la luz, sus formas y las sombras.

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Caminar de la Colonia Ampliación Daniel Garza a la San Miguel Chapultepec es feo y padre a la vez. Parque Lira es un poco caótico, pero luego cuando hueles las maravillas que venden en el mercado de El Chorrito y te adentras en la colonia por la calle de Múzquiz empieza la paz.

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La casa de la Fundación Alumnos 47 está en la calle de Alumnos y es el número 47. Es la casa más espléndida del art déco mexicano y te reciben las piezas de Joshua Jobb, con quien estuve platicando sobre su producción, sobre el dibujo, la importancia del juego, las horas de trabajo y la relatividad del significado de “producir”. Los dibujos son esculturas de papel. Hay un libro que completa 8 horas de trabajo, siendo la octava un dibujo profundo y la primera un dibujo ligero, pero no por eso menos lindo. Otro de los cuartos presenta la obra del colombiano José María Rubio y su obsesión con el trazo, la presencia humana, la relación del cuerpo con el espacio, los sentidos y la habitabilidad de unas paredes, la contención y la libertad.

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Paola Fernández se enfoca en la energía de los sonidos, en la literalidad de las palabras como un sismógrafo que define a las palabras en montañas altas y bajas dentro de un extraño aparato de madera en la que va sucediendo el experimento de las traducciones gráficas. Hay libros que pertenecen al archivo de la fundación y ella colocó los tomos de frente de las publicaciones que también posee, como si hubiera una sincronía, una simbiosis entre las dos bibliotecas.

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Me quedo corta, me hace falta explicar varias piezas y algunos otros contenidos, pero no acabo y prefiero que hagan el recorrido ustedes mismos. Es de lo más admirable lo que está haciendo la Fundación Alumnos 47 en la educación artística y en la ampliación de horizontes culturales en la Ciudad de México.

QUÉAlumnos 47DÓNDEAlumnos 47, San Miguel Chapultepec
T.5256 2908+ INFOalumnos47.org

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