Andrea Cinta y Paulina LC

“El chavo”: el diablero más antiguo de La Merced e inventor del diablito perfecto

Los diableros evocan una figura prehispánica: el tameme. Ese cargador en la cultura azteca y sociedades de la época, un eslabón esencial en los mercados de la ciudad. Conoce la historia de “el chavo”, uno de los diableros más antiguos de la ciudad y un inventor excepcional.

Autor: Paulina LC | Fecha 19 marzo, 2018

Un diablero promedio carga entre 700 y 800 kilos de peso en su diablito en un traslado. Pero este artefacto extraordinario no siempre fue infalible. Antes, los diablitos de mercado no tenían rampa y toda la carga de fruta y verdura se caía constantemente porque se volteaban. “Se volteaba uno muy fácil porque pasaba sobre unas vías que estaban en Anillo de Circunvalación, y la mayor bronca era cuando se volteaba el jitomate porque se hacían ríos de jugo”, explica “El chavo”, el diablero más viejo de la Central de Abasto, con quien platicamos.

El chavo comenzó su vida acarreando mercancía en La Merced y años más tarde, cuando ya trabajaba en la Central, se convirtió en el diablero estrella porque logró optimizar los diablos de carga para que no se voltearan. El chavo aportó la “rampa” que ahora tienen los diablitos, y con ese simple pero genial aditamento, mejoró la vida y productividad de miles de trabajadores de la ciudad.


A los 4 años, Waldo López, “el chavo”, ya andaba con un diablito acarreando mercancía en La Merced. Cargaba cilantro, cebolla y jitomate o cualquier producto que le pidieran, y de ahí se iba hasta Jamaica, San Juan de Letrán, Tepito, o la Moctezuma. Lo hacía por necesidad. Su mamá tenía que mantener a 7 hijos. Desde que llegó al Mercado de la Merced lo apodaron “el chavo” porque era el más joven de todos los trabajadores y su altura, casi diminuta, se escondía entre el gentío. A veces dejaba un rastro de fruta que se le caía en el intento de acomodar su mercancía. Todas las cargas las hacía en diablitos austeros que no tenían rampa. 

Cuando había fruta o verdura que no se podía acomodar en el diablito, los “tamemes” (cargadores, de “cargar” en nahuatl), llenaban un mecapal con lo que se pudiera y se iban corriendo con el peso encima. Nada de esto era muy cómodo al tratarse de kilos y kilos de cosas. Con el crecimiento urbano que rebasó el Mercado de la Merced, El Chavo, junto con muchos vendedores, se tuvieron que mudar a la Central de Abasto. Y aunque al principio no querían moverse a “la boca de lobos”, como muchos la llamaban por la falta de iluminación, fue ahí donde “El chavo” inició su nueva etapa de inventor y solucionador de problemas. 

“Llegando a la Central de Abasto yo quise empezar a armar mis propias diablitos y me dispuse a la tarea de buscar la forma de modernizarlos, porque ya eran muy básicos”, dice sentado en su taller de fabricación y alquiler, en el pasillo 1 de la nave I-J. “Lo que incluí ayuda para amarrar carga, además tiene ganchitos que sirven de soporte. No se te va ni para atrás ni para adelante”, explica.

Así Waldo López comenzó una gran fábrica de diablitos que ahora pareciera un monopolio; su nombre sobresale en casi todas las carretillas que uno ve en La Central de Abasto. Además de ser uno de los diableros más antiguos del mercado, con su modernización del diablito “el chavo” volvió más eficientes esas jornadas laborales que suelen comenzar entre 6 y 9 de la mañana y terminar entre 4 y 6 de la tarde. Además, hace unos diablitos miniatura para cargar botellas de vino o flores y darlas como regalo a un ser querido. 

Al adentrarse a la Central de Abasto, uno tiene que estar atento al chiflido. Es el sonido de los carretilleros abriéndose paso entre los pasillos.

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