4 extravagantes casas-laboratorio en la Ciudad de México

Estos 4 arquitectos construyeron casas-laboratorio y fueron capaces de comer en semicuevas, dormir en recámaras subterráneas y cultivar jardines murales.

Autor: Redacción Local | Fecha 27 noviembre, 2017

Juan O’Gorman lo dijo así, “la mayoría de los mortales quizás tengan una casa por castillo, pero el arquitecto a menudo considera la suya como un laboratorio. Para poner a prueba sus ideas sobre la vivienda, él y su familia son capaces de comer en semicuevas, usar sillas de pedestal, dormir en recámaras subterráneas y cultivar jardines murales”.

En la ciudad existen (algunas más en pie que otras) 4 casas que son claro ejemplo de casas-laboratorio. Espacios que son más bien caprichos donde los arquitectos experimentaron, se contradijeron o hasta plasmaron sus miedos o y lados oscuros. Estas 4 resisten la clasificación y desafían las formas puristas de habitar: hay  semicuevas, casas marcianas, casas paisaje, casas capullo… Todas construcciones entrañables que, como lo inventivo, fueron controversiales en su tiempo.

1. La casa-cueva de O’Gorman en el Pedregal

4 arquitectos
Foto tomada de: unavidamoderna.tumblr.com

En 1949 Juan O´Gorman construyó en San Jerónimo 162, en el Pedregal, una de las casas más insólitas y geniales de la ciudad; una quimérica construcción en una gruta volcánica natural, que representó la fase orgánica (y dionisiaca) del arquitecto –opuesta al funcionalismo de la casa que hizo a Frida Kahlo en San Ángel.

Esta casa-estudio la habitó con su esposa, la botánica y paisajista Helen Fowler, desde que comenzaron a construirla, como una suerte de capullo. Fue un experimento para O’Gorman también, en cuanto a que la arquitectura debe ir de acuerdo al paisaje natural, cultural y político de su alrededor. Fue su construcción más querida y sin embargo fue también la más controversial, odiada por muchos.

En 1969 compró la casa la escultora Helen Escobedo. Desgraciadamente, pocos meses después ya había sido transformada: el muro de mosaicos fue recubierto con cemento y pintado de blanco; se modificó la planta alta y se agregó un dormitorio. Lo último que se sabe es que fue campues de la escuela de música Fermatta.

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2. La casa ecléctica de Rivas Mercado en la Guerrero

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La Casa Rivas Mercado, que recientemente restauraron y ya recibe visitas. En la calle Héroes 45, en 2 mil metros cuadrados, Rivas Mercado construyó la mansión (también) como su propio laboratorio arquitectónico. Ahí representó la arquitectura ecléctica o los que podrían ser todos sus caprichos artísticos. Una mezcla de elementos muy distintos en perfecta armonía: columnas dóricas, siete tipos de cantera, unas escaleras árabes, balaustradas renacentistas, piedra, ladrillo, maderas antiquísimas, más de 50 mil piezas de mosaicos encáusticos (recubiertos con cera), adornos góticos… Y su capricho mayor: Rivas Mercado situó la construcción a 45 grados y no a 90, o sea que no da a la calle. Algo rarísimo en aquellos tiempos.

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3. Kalikosmia, la casa antisísmica de Juan José Díaz Infante en la Condesa

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Kalikosmia, del náhuatl “calli” para casa y del griego cosmos, es fruto de un cataclismo y una dosis de paranoia: tras el terremoto del 85, Díaz planeó este edificio como un laboratorio vivo de construcción antisísmica. Una estructura de acero coronada por una esfera geodésica (domo poliédrico) que se edificó por etapas, al igual que por etapas ha ido desapareciendo con la discreción de una hormiga debido al imperioso gusto de empresarios y burócratas por arruinar lo que está en su camino. Esto a pesar de que, cuando el edificio fue vendido, se estipularon cláusulas de conservación en el contrato y estaba “protegida” por la SEDUVI.

Esta casa ha sido destruida y le dedicamos aquí un pequeño homenaje.

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4. Casa-estudio Luis Barragán

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En 1939, Luis Barragán adquirió varios terrenos sobre la calle General Francisco Ramírez y diseñó ahí cuatro jardines particulares. Remodeló entre 1940 y 1943 la Casa Ortega, donde vivió mientras construía y se mudaba a su propia casa-estudio, en 1948, en la que vivió hasta su muerte en 1988. La Casa Luis Barragán es una obra excepcional, la culminación de una modernidad estilizada: austera pero sensual, pesada pero diáfana, introvertida pero exhibicionista, severa pero colorida, como dice Fernando González Gortázar, “de estrecheces y amplitudes, claridades y penumbras”, como la vida misma.

Como muchos ya lo habrán experimentado, entrar a la casa-estudio de Barragán, con su atmósfera y elementos, es casi una irrupción a su intimidad y, con un poco más de imaginación, conocer a este hombre altísimo: la escala de la casa y de sus muebles, lo laberíntico y contenido de su distribución, la luz siempre indirecta, medio celestial. Y por supuesto, la decoración monástica de su recámara delata la cotidianidad del arquitecto.

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